Sistemas complejos sibisemejantes, patrones que se repiten

Los patrones sistémicos tienen a repetirse en cualquier nivel de complejidad.

Y los sistemas sociales no se escapan a ellos.

Todo sistema complejo tiene un núcleo duro y un elemento revisionista en su interior sin que ninguno de ellos funcione con la ausencia de uno de estos extremos. Es más, cada extremo viene definido en función de lo-que-es-el-otro.

Es la relación entre ambos extremos lo que determina la “personalidad” del elemento y su grado de adaptación al ecosistema en el que se desenvuelve.

En las estructuras sociales mediterráneas los Estados no se han creado basándose en un contrato social rousseaniano de negociación entre extremos, si no en modelos jerárquicos impuestos por el macho Alfa de turno y la voluntad de éste de perpetuar el sistema para garantizar a su linaje su supervivencia (monarquía y formas oligárquicas con lazos familiares) anulando todo aquello que no sea él.

Que algunos sistemas sociales respondan a este patrón tiene su sentido si comprobamos que son estructuras que beben de otras más simples con las mismas respuestas de adaptación al entorno.

Por ejemplo, en estos países las relaciones de pareja se basan en la “autoridad” del macho cuyo reflejo viene determinado hasta en el propio lenguaje: “es mi mujer”, “tu harás lo que yo te diga” o “no tienes ni idea”. Su máxima expresión es la enorme cantidad de asesinadas todos los años como consecuencia de una relación mal entendida donde un extremo se autoconsidera capacitado para quitarle la vida “a quien no es como yo quiero que sea” sin considerar que su otro extremo tenga otros criterios vitales.

En las relaciones laborales se repite el modelo. El “jefe” acaba estableciendo un ambiente de temor y de amenaza permanente sobre sus empleados a remedo de los modelos feudales de vasallaje. El agravante es que al no existir organización en los elementos de compensación que permita tutearlos han acabado creando leyes diseñadas a su antojo que somete aún más a los trabajadores a meros objetos que deben limitarse a hacer lo que les diga la empresa sin margen de autonomía.

Las aulas se han convertido en algo parecido. Ecosistemas donde se establece una relación de sumisión absoluta al docente en función de unas normas redactadas expresamente por quien tiene el poder de hacerlo sin capacidad de respuesta ni negociación por parte del grupo (alumnos) totalmente desactivado y anulado.

Y en casa más de lo mismo. El hijo no es más que un elemento que los padres consideran que debe ser educado a través del grito, de la amenaza, del chantaje y hasta incluso donde queda justificado el uso del “guantazo” como recurso para “enderezar” al joven.
A un extremo, el débil, siempre se le anula, se le controla, se le vigila.

Y el extremo dominante solo es “feliz” si el otro está debidamente sometido.

El macho/jefe/docente/padre/gobernante “goza” de su posición fantaseando un poder fálico propio de los mamíferos superiores de forma no intelectualizada. No quiere contestones que pongan en duda su primacía en el sistema. No puede haber dos en el mismo espacio. La lucha estaría garantizada “a muerte”.

Estas estructuras de relación jerárquicas beben del mismo patrón mental e imposibilita que sociedades como la española ejecute alternativas sociales horizontales de corte asambleario ya que la relación con sus congéneres debe pasar por la sumisión. Estas formas de relación feudal no contemplan la existencia en su interior de “elementos críticos” ni revisionistas.

La “autoridad” ya sabe todo lo que tiene que saber y destina una enorme cantidad de su energía a mantener un status quo antes que buscar nuevas formas de relación internas más equilibradas con la cesión de parcelas.

A mayor cantidad de energía interna destinada a apuntalar un modelo jerárquico mediante la represión (mayor inversión militar, policial, de control interno) menor es la capacidad operativa del sistema complejo en su medioambiente (menor competitividad frente a otros óptimamente adaptados).

Lamentablemente las estructuras de comportamiento social son “a imagen y semejanza” de las estructuras psicológicas de sus componentes.

Y, lamentablemente, el sustrato sociológico español responde a unas pautas que deriva en esas formas autoritarias de gobierno.

España está condenada a repetir este patrón salvo que decida poner toda su capacidad al servicio de una profunda revisión de su comportamiento visceral.

Pero eso se me antoja un imposible.

Para una mayor profundización en el estudio de los patrones sibisemejantes:

1998. La gran metáfora

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