Queridos niños, la Democracia no se construye desde arriba

Hay una máxima en los pueblos con tradición democrática que rige los mecanismos naturales de ésta: las estructuras de convivencia social se diseñan y pergeñan en las bases.

Para eso hace falta un tejido social dinámico, lleno de colectivos y grupos interesados en el bien común, y un cuerpo teórico que permita articular las iniciativas desde estas bases para ir construyendo esa pirámide social hasta alcanzar la presidencia de Gobierno.

Se trata de una estructura social no tutelada, no dependiente de las decisiones que se tomen “desde arriba” sino que parte de una conciencia social que emana de las posturas individuales que cada uno de los ciudadanos toma.

Pero España no es un país con tradición demócrata. Aquí, cuando tuvimos que construir una Democracia en los setenta y apuntalarla, las pasamos canutas para encontrar en nuestra Historia algo que se pareciera a ella entre tanto cacique canovista, dictaduras patrocinadas por los borbones y repartos de poder de la oligarquía.

A lo sumo intentamos, aunque chirría, justificar que somos demócratas porque cuatro abuelos absolutistas, entre ellos el conde de Floridablanca, redactó La Pepa, aquella Constitución de 1812 diseñada precipitadamente para intentar que el pueblo estuviera interesado en expulsar a Napoleón del suelo patrio pero con las miras puestas en el retorno de Fernando VII, el “rey borrón” como la llamó Espronceda por las atrocidades que cometió durante sus años de reinado.

No olvidemos tampoco los débiles orígenes de las dos únicas repúblicas instauradas en España. La primera, a la desesperada porque nadie quería el trono vacante; y, la segunda, nacida en un débil momento con dos extremos ideológicos fuertemente polarizados e incapaces de entenderse que prefirieron matarse antes que hablar.

Sin tradición democrática, y con una fuerte tendencia a crear estructuras de servidumbre feudal, este sustrato sociológico tarde o temprano tenía que demostrar lo poco operativas que son las instituciones democráticas en este país.

Y para ello basta dar un repaso al funcionamiento de las instituciones escolares, por ejemplo, donde un idílico cuerpo normativo muy participativo ha acabado derivando hacia formas autoritarias donde figuras tan importantes para lograr el equilibrio democrático interno, como son los delegados de clase o las Ampas, han acabado convirtiéndose en meras figuras retóricas sin peso en las tomas de decisiones.

Las empresas, por ejemplo, también han sabido anular oportunamente el papel de los sindicatos y, en política, los partidos funcionan bajo estructuras presidencialistas donde el dirigente a reemplazar nombra previamente a “delfines” que le sucedan relegando a las bases su posterior aprobación… como sucedió con la Constitución de 1978, una auténtica Carta Otorgada.

Con semejante panorama es fácil concluir que España es un país con un fuerte sustrato sociológico tercermundista que ha acabado deformando grotescamente la Democracia hasta convertirla en una patética caricatura de sí misma, donde ni siquiera la división de poderes está garantizada al no creérsela ni los mismos que deben garantizarla.

La Democracia, queridos niños, no es esto. Es otra cosa.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *