Los adultos tampoco miden las consecuencias de sus actos

 

 

 

 

Los adolescentes, efectivamente, están perdiendo la comprensión escrita del español. Pero los adultos cometen errores de mayor trascendencia cuando redactan cosas sin pensar en el trasfondo de lo escrito.

Por ejemplo, es habitual que en los Reglamentos de Régimen Interior de los institutos haya castigos “ejemplares” consistentes en poner a un alumno a realizar labores a la comunidad como sanción por alguna falta cometida.

El que redactó eso, un adulto, no midió el alcance de su sanción ni vio más allá.

Según este castigo las labores comunitarias son “penas” solo destinadas a aquellos que hayan cometido algún delito. Fregar el suelo, limpiar las letrinas, recoger los papeles… solo lo hacen “los malos”.

Los buenos no.

Luego ese alumno irá a casa y sus padres le pedirán que friegue, recoja la basura… y lo interpretará como algo que tiene que hacer “a la fuerza”. El instituto se convierte así en un aparato pervertidor de los buenos y sanos objetivos educativos. Refuerza que servir a la comunidad es algo negativo.

Los adultos no pensaron.

Fregar, recoger la basura, limpiar, ayudar al otro desinteresadamente… es un placer que solo entienden aquellos adultos que han alcanzado el suficiente grado de madurez como para entender que existe una realización personal no egoísta contribuyendo con tu trabajo al bien de la comunidad, de la familia, del país.

Un padre o madre que reniega de las tareas domésticas, un profesor que se niega a recoger un papel “porque él no lo ha tirado” o un camarero que no acerca una silla a un cliente porque “para eso no le pagan” está reafirmando el modelo de sociedad egoísta.

Y el sistema educativo no debería reforzar estas conductas.

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