La Historia oficialista intentan vendernos otra moto: Carlos III

Aprovechando cualquier “señalada fecha” los autoproclamados historiadores oficiales del Reino se ocupan (y preocupan) de ensalzar las regias figuras que nos gobernaron.

Pero la realidad es que los monarcas hasbúrgicos y borbónicos (y un “saboyano” de breve paso por aquí) son figuras terriblemente patéticas más dignas de ser conocidas por sus ridículas formas de gobernar que por lo pudieran haber hecho por España.

Hace unos años intentaron vendernos a un Felipe II como un poderoso y magnánimo líder monárquico mundial; y, un poco antes, recuerdo el intento de la Historia oficialista española de vincular la figura de Carlos I y V de Alemania a Europa diciéndonos que era un “visionario” de la Europa integrada en la que ahora nos movemos. O la de Fernando el Católico que acabó sus días por una sobredosis de cantárida (la viagra de la época) en una humilde posada de Madrigalejo aunque eso no salga ni en la serie de televisión pagada por todos nosotros.

Y, ahora, no sé porque señalado aniversario, quieren que nos creamos que Carlos III fue poco menos que un inteligente y hábil dirigente monárquico español gracias a la cual España “se modernizó”.

Pero, siento decirlo, casi todo lo que intentó se quedó en un amago.

He aquí la vida de Carlos III contada en mi libro “Historia de España para adultos” (Bubok, 2010). Extenso, pero contado sin tapujos…

“El insigne cetro español pasaba así a su hermano, Carlos III, ante la falta de un sucesor natural [a la muerte de Fernando VI].

Y con este muchacho, el tercer Borbón de la historia, la cosa no parece que mejorara mucho… ni desde el punto de vista político ni, al parecer, desde el punto de vista estético:

“Era el rey de una estatura de cinco pies y dos pulgadas [¡metro cuarenta!], poco más; bien hecho, sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña. Había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco, pero el ejercicio de la caza le había desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa parecía que sobre su cuerpo de marfil se habían colocado una cabeza y unas manos de pórfido, pues la mucha blancura de la parte del cuerpo que estaba cubierta, oscurecía aún más el color oscuro de lo que estaba expuesta continuamente a la intemperie.”

“Confesaba y comulgaba en todas las Pascuas y principales fiestas de los misterios y de la Virgen, y el día de algún otro santo de su particular devoción, como San Jenaro, y poco más” (Vida de Carlos III, Fernán Núñez).

El padre Casanova fue más animal describiéndolo:

Muy feo, aunque todo es relativo, porque era hermoso al lado de su hermano, que era de una fealdad que daba miedo”.

Sin embargo, y a pesar de su curiosa estética, fue muy amigo de ser retratado y gustó de rodearse de escritores que lo ensalzaban hasta lo ridículo a pesar de sus pocas virtudes[1].

Era, además de feo, tan metódico y escrupuloso con su vida que, según el marqués de Lozoya, convirtió la corte española en una de las más “monótonas, prosaicas y aburridas” de Europa…

“…repartía [Carlos III] el año con una exactitud astronómica, obligando a la enorme máquina de la corte, de los organismos burocráticos y de las embajadas a continuos y costosos desplazamientos. La jornada de El Pardo duraba desde el 7 de enero hasta el sábado anterior al Domingo de Ramos. El rey se quedaba en Madrid hasta el miércoles después de Pascua, en que se trasladaba a Aranjuez, donde permanecía hasta los últimos días de junio. Hacia el dieciocho del mes siguiente, la corte se instalaba en San Ildefonso y se estacionaba allí hasta el 7 o el 8 de octubre. La estancia en El Escorial duraba hasta los últimos días de noviembre, en los cuales todo el sistema cortesano regresaba a Madrid”.

Lozoya, más adelante, describe la asombrosa (por aburrida) rutina diaria del monarca:

“…la vida del rey era idéntica todos los días del año. Se levantaba en todo tiempo a las seis de la mañana y se entregaba a sus devociones (¿?) hasta las siete, que era la hora oficial de vestirse, lavarse y desayunar, rodeado de gentileshombres y de médicos. Oía misa y se entretenía con sus hijos hasta las ocho, en que se encerraba en su despacho para trabajar hasta las once… …a las doce en punto comía solo y en público… …y antes de las tres, en todo tiempo salía de caza aun en los meses más duros y en los días más rigurosos de nieve o tempestad”

…el besamanos de hijos y nietos y una cena frugal llenaban las últimas horas de la jornada. A las diez y media, Carlos III entregaba al reposo su fatigado cuerpo para iniciar al día siguiente un programa absolutamente idéntico. Así por espacio de veintiocho años”.

Pero el panorama intelectual de los gobernantes, por muy metódicos que fueran, seguía idéntico: manifiesta incapacidad para interpretar el complejo mundo internacional y descarada voluntad interna de mantener los valores familiares borbónicos por encima de las necesidades de la población.

Aun así el único elemento que podía desestabilizar el carca feudalismo que dominaba el país era un “pueblo” aún muy poco impregnado de ideas revolucionarias. Por fortuna para los mandamases esta población muerta de hambre se contentaba con unas cuantas fiestas populares, los sempiternos toros y las tétricas procesiones en honor de las miles de vírgenes y santos (todos idénticos) que cada pueblo se ha inventado para creerse importantes.

Lienzo de Paret donde refleja la extraña forma de cenar que tuvo Carlos III todos los días durante casi treinta años: sin la familia y rodeado de nobles buscando favores mientras los perros se comen las sobras (¿o era al revés?).
Lienzo de Paret donde refleja la extraña forma de cenar que tuvo Carlos III todos los días durante casi treinta años: sin la familia y rodeado de nobles buscando favores mientras los perros se comen las sobras (¿o era al revés?).

Y la monarquía, en este contexto tan analfabeto, no era más que la representación de las virtudes divinas en la tierra (era lo que los curas les decían en las misas dominicales). Por ello estos reyes tan inútiles se podían permitir el lujo de vivir de ídem sin protestas organizadas que le hicieran tambalear el chiringuito que habían montado.

Pero la cosa empezó a tambalearse en 1766.

Por aquel entonces Madrid, como todas las grandes urbes de España, era una pestilente ciudad de casi doscientos mil habitantes plagada de delincuentes y con un caótico crecimiento en manos de los más espabilados (no como ahora, que da gusto).

Y, para tratar de evitar semejante panorama, el gobierno de Carlos III decidió, ingenuamente, crear una serie de ordenanzas innovadoras destinadas a poner un poco de orden. A saber:

  • Construcción de aceras a las salidas de todas las casas con cargo a sus propietarios
  • Reconducción de las “aguas sucias” (las del retrete y orinales), a través de canaletas, para evitar que las tiraran por las ventanas
  • Fijación de lugares para la acumulación y recogida de basura
  • Empedrado de las principales calles
  • Prohibición de dejar a los puercos (los de cuatro patas) sueltos por la calle
  • Obligación del barrido sistemático de las calles
  • Establecimiento de una normativa para la colocación del andamiaje en las obras
  • Estricta persecución de todo aquél que usara sombrero de ala ancha y embozos cuando circulara por la vía pública
  • Prohibición expresa del uso de máscaras y disfraces que ocultaran la cara del interfecto en las fiestas de Carnaval
  • Control del uso de armas blancas[2]

Y, además…

  • Regulación de la prostitución y sus negocios
  • Vigilancia exhaustiva de la mendicidad y…
  • …de los juegos en grupo que se produjeran, espontáneos o no, en las calles

Como si ahora nos colocaran decenas de nuevas normas no comprendidas ni compartidas la tensión se adueñó de la calle donde empezaron a surgir, por doquier, rumores y malentendidos que se fueron extendiendo y exagerando hasta que la situación se hizo tan desagradable que cualquier cosa podía dar pie a un estallido social peligroso descargándose toda la rabia contra el pobre secretario de Hacienda, Leopoldo de Gregorio, marqués de Squillace quien, para colmo de males, encima era extranjero y tenía dinero…

“Yo, el gran Leopoldo primero, marqués de Esquilache augusto, a España rijo a mi gusto y a su rey Carlos Tercero. Entre todos los prefiero. Ni le consulto ni informo, al que obra bien le reformo, a los pueblos aniquilo, y al buen Carlos, mi pupilo, dice a todo: ‘Me conformo’” (Refranero popular del siglo XVIII)

Así que cuando el 10 de marzo de ese año se publicó el bando obligando a todos los madrileños a acatar, so pena de cárcel y multas, semejante batería de leyes, el pueblo se sublevó contra los primeros policías que intentaron requisar las capas y sombreros de ala ancha de la gente que pasaba por la calle (caían seis ducados de multa o doce días de cárcel la primera vez).

Para el día 23 el desmadre era ya generalizado: hubo enfrentamientos armados contra el ejército mandado para poner algo de orden, se dedicaron a practicar el típico vandalismo callejero que tanto nos preocupa ahora rompiendo farolas y quemando carruajes y, cómo no, se plantaron ante la casa del pobre Squillace (la impresionante “Casa de las Siete Chimeneas”, todavía en pie en la madrileña calle de Colmenares) y la saquearon sin miramientos.

Semejante acto de histeria colectiva tan español acabó como sabemos acabar las movidas sociales en este país de beatos: con una bonita procesión que acudió, en loor de cánticos, hacía el Palacio real profiriendo entre avemarías y rosarios algún que otro cristiano “¡muera Squillace!” y vivas al rey.

La cosa, aparentemente, podía haber concluido con una bonita exaltación de la monarquía y de la religión católica pero a Carlos III no se le ocurrió otra cosa que colocar, frente a Palacio, a las guardias valonas, un cuerpo repletito de extranjeros y “herejes”[3].

El pueblo, visceral como él solo, se dejó llevar por sus instintos más primarios ante tanto extranjero armado y el pobre rey hizo algo inaudito en Europa (hasta entonces): escuchó a la masa y aceptó todo lo que le dijo un pobre calesero que actuó como interlocutor.

En el decálogo de condiciones que el gentío le presentó al monarca había de todo. Desde la obligación regia de nombrar solo a ministros españoles hasta suprimir la guardia valona por “extranjera”, derogar las normativas relacionadas con la vestimenta y, ya puestos, le conminaron a que bajara el precio del pan y la destitución, cómo no, del mismísimo Squillace quien tuvo que ser escoltado durante todo el recorrido Madrid-Cartagena hasta que fue embarcado rumbo a Italia.

A estas alturas de la película el metro cuarenta de hombre firmaba, donde fuera y acojonado, lo que le pusieran por delante (le humillaron públicamente obligándolo a hacerlo ante el populacho en medio de la plaza Mayor[4]) e inmediatamente se largó por patas y a escondidas a Aranjuez lo que, para colmo de desgracias, fue interpretado por el siempre sagaz pueblo como una cobarde huida y negativa a cumplir con lo firmado.

Semejante falta de tacto real (que no renal) no hizo más que extender y generalizar por todo el país las revueltas populares exigiendo, cada ciudad, lo que le apetecía.

Por ejemplo, en Lorca exigieron la liberación de todos los presos; y, en Sevilla, que se les pagaran los atrasos a los soldados que acababan de llegar de América. Por su parte, en la costa levantina la cosa tomó un cariz “de clases” revolviéndose contra los nobles y, cómo no, en Barcelona hubo un intento de transformar este descontento en un movimiento independentista.[5]

Visto el panorama no es de extrañar que ya a Carlos III no se le quitara el susto de por vida… máxime si tenemos en cuenta lo que de caos y anarquía significaba para un humano obsesionado por el orden y la precisión matemática en todo lo que hacía.

El ilustre Jovellanos, rememorando lo que pasó, contaba:

“Le quedó tal horror a los movimientos populares después de 1766 que, habiendo oído ruido en las cercanías de palacio una noche de San Pedro, se levantó asustado y [le dijeron sus sirvientes] que eran las gentes del pueblo, que acostumbraba a bajar en aquella noche a la Tela para divertirse con bailes y alegría. Sosegose pero… …nunca volvió a Madrid desde Aranjuez hasta pasado San Pedro”

Pero la reacción borbónica no fue la de intentar corregir las verdaderas causas de semejante algarabía popular. Muy al contrario.

Aceptando punto por punto lo que firmó, optó por creerse lo que le contaron sus asesores: que debía haber alguna entidad “muy poderosa” detrás de estos motines ya que el pueblo, por sí solo, era incapaz de liar la que lió.

Y así fue como el flamante nuevo Presidente del Consejo de Castilla, Pedro Pablo de Abarca y Bolea, vulgarmente conocido como conde de Aranda[6], concluyó que tras esta ofensa a la monarquía estaban… los jesuitas.

Para Aranda estos muchachos, que ya desde el padre Nithard tenían demasiado poder en España, eran unos metomentodos obsesionados con quitarles poder a las monarquías europeas a favor de la anhelada “ciudad de Dios” agustiniana que consistía, en pocas palabras, en crear un gobierno universal sobre los humanos basado en los particulares criterios de Roma y sin injerencia de poderes terrenales.

Procesión de los flagelantes, de Francisco de Goya. Patética y ridícula estampa que tan bien supo reflejar el pintor de una de las mayores aficiones de los españoles: torturarse voluntariamente con el dolor físico y psicológico que provoca toda la parafernalia católica.
Procesión de los flagelantes, de Francisco de Goya. Patética y ridícula estampa que tan bien supo reflejar el pintor de una de las mayores aficiones de los españoles: torturarse voluntariamente con el dolor físico y psicológico que provoca toda la parafernalia católica.

Eso explicaba la cabezonería jesuítica del “voto de obediencia” a El Vaticano, la negativa a dar explicaciones ni impuestos a ningún poder político y la manía que tenían de defender, según Aranda, hasta el regicidio bajo determinadas causas.

Además, no conviene olvidar que su estrategia de poder absoluto sobre los humanos pasaba por tener controladas ideológicamente las cátedras universitarias y colegios de enseñanzas medias limitando así los ámbitos de influencia social, política y económica de las mismísimas monarquías y dirigiendo a la masa hacia sus particulares y extraños intereses (lo de la futura entrega franquista de la educación a los curas no es tan nuevo como se ve).

Así que cuando a Carlos III le ofrecieron una nueva deportación (ya familiar en España) contra los jesuitas[7] éste no dudó en dejar plasmada su firma el 27 de febrero de 1767 ordenando que se hiciera con el mayor sigilo posible.

El Decreto se puso en marcha en el más absoluto secreto a las doce en punto de la noche del treinta y uno de marzo cuando los alcaldes de Corte se presentaron, con refuerzos, en todos los colegios y residencias de jesuitas dando la orden de despertar y reunir a la comunidad. Sólo se les permitió coger las cosas “de uso personal” embarcándoles en carruajes hacia Getafe donde los concentraron a todos en una especie de gueto hasta que los trasladaron a Cartagena para que, desde allí, zarparan con destino a El Vaticano.

La orden fue ejecutada con precisión “carlista” al mismo tiempo en toda España y colonias americanas pero se toparon con un pequeño inconveniente: el papa de turno, Clemente XIII, se negó a recibir a los deportados amenazando con disparar los cañones de costa (con mucho amor cristiano, eso sí) contra los barcos que se atrevieran a desembarcar jesuitas en sus posesiones.

No debía de estar de cachondeo Clemente a juzgar por el cambio de rumbo que hicieron los barcos en dirección a Córcega. Los casi tres mil jesuitas expulsados de España veían, perplejos, cómo hasta el mismísimo papa, a quien le habían jurado “obediencia”, los rechazaban y amenazaban con matarlos sin contemplaciones.

Árabes, judíos, jesuitas… todo aquél colectivo que, con la sola estrategia de su inteligencia y habilidades, lograran obtener ciertas cotas de poder en España eran mirados con recelo y odio por unos autóctonos incapaces de “competir” intelectualmente con ellos.

Lo “distinto” molesta y a lo distinto hay que liquidarlo.

El estilo parecía un tanto bestia pero no era exclusivo de este país. Muy pronto otras monarquías decidieron imitar a Carlos III (posiblemente asustados por el “poder” de movilización que tenían los jesuitas) y provocaron tal conmoción en El Vaticano que los curas, también asustados por la reacción en cadena provocada en la realeza, no dudaron en nombrar a otro papa afín a las ideas monárquicas para que disolviera la orden de la Compañía de Jesús en cuanto tuviera ocasión.

Y así fue cómo Clemente XIV asumió su cargo sabiendo ya el precio que debía pagar: disolver la Compañía en el momento en que pusiera sus posaderas (o culo) sobre el sillón papal.

El “síndrome de Squillace” había llegado muy lejos. El pánico a que un pueblo al borde de la inanición construyera sólidos argumentos intelectuales procedentes de la ilustración para desbancar a los cuatro gorrones de siempre estaba empezando a causar una gran intranquilidad entre los ricachones.

Por eso Aranda, Campomanes, Floridablanca[8] y otros como Pablo de Olavide intuyeron la necesidad de crear algún nuevo modelo político que, sin llegar a darle poder al pueblo, al menos diera la sensación de que participaban en la toma de decisiones.

El 5 de mayo de 1766 (mucha prisa se dieron) redactaron un auto acordado donde se notificaba cómo iba a participar la gente en las decisiones municipales…

“…deseando… …que todo el vecindario sepa cómo se manejan [los concejales] y pueda discurrir en el modo más útil el surtimiento común… …mandamos que en todos los pueblos que lleguen a dos mil vecinos intervengan con la Justicia y regidores cuatro diputados que nombrará el común por parroquias o barrios anualmente; los cuales tengan voto, entrada y asiento en el ayuntamiento después de los regidores”

El texto se completaba con algunas advertencias encaminadas a luchar contra el enchufismo, como la de impedir que los elegidos fueran familiares de miembros del ayuntamiento, representantes gremiales o gente a las que se les debía dinero desde la corporación municipal.

Pero Carlos III no se contentó con esos cambios.

Sus nuevos asesores sabían que los jesuitas no eran tontos y que, por lo tanto, apropiarse de sus ideas para ponerlas al servicio de la monarquía podía ser una buena forma de preservarle al monarca todo su poder absoluto.

Así que no dudaron en iniciar profundas reformas en las principales universidades españolas dotándolas de autonomía para la puesta en marcha de modelos académicos impensable hasta hacía unos años en España: el método experimental y la supresión de todo lo que oliera a religioso[9].

Sin embargo, estos nuevos ilustrados al servicio de la monarquía sabían del profundo analfabetismo y visceralidad asociada existente en el país y de que ello dificultaría cualquier intento de cambio profundo en los hábitos y costumbres españoles. Para ello intentaron crear una tupida red de “Sociedades Económicas de Amigos del País” (llegaron a crearse setenta) cuyo objetivo era el de reeducar a la población en ideas ilustradas tras tantos años de oscurantismo religioso.

Además, Aranda y compañía eran hombres de mundo que conocían perfectamente lo que se estaba cociendo por ahí fuera. Sabían que el futuro estaba en el incipiente mercantilismo, que éste estaba generando en otros países una poderosa burguesía laica a la que había que mimar y que, continuar con el modelo feudal del medievo, era poco más que un suicidio político.

Por ello el monarca, suponemos que aún pasmado con el dichoso motín de 1766, decía que sí a todo lo que le proponían los ilustrados.

Llegó, incluso, a aprobar medidas que rozaban el futuro “socialismo utópico” como la puesta en marcha de nuevas poblaciones en territorios inhóspitos españoles como Sierra Morena con colonos alemanes o flamencos ofrecidos por un militar alemán, Thurriegel, que se forró traficando con la población excedentaria de Prusia.

“Su casa [del colono] estará justamente en la parcela para que no pierda su tiempo y sus energías en ir y venir; pero se prevén también unas cuantas localidades, con diputado del común electivo; y feligresías, reunión de varias poblaciones y heredades aisladas, con alcalde y síndico representante, también electivos. El centro del pueblo estará integrado por la iglesia, la alcaldía y la prisión. El culto queda confiado a los curas y sus vicarios, pero por ningún concepto podrá haber conventos o comunidades religiosas, aunque adopten la forma de asilos, misiones o lo que sea… …se prohíbe fundar en ellas escuelas de gramática o universitarias, ya que lo que se quiere es tener agricultores” (Alberto Gil Novales)

Pero tanta innovación no podía salir bien. Los nuevos hombres de Carlos III luchaban contra dos poderosas figuras con un objetivo común: dejar las cosas como estaban.

Por un lado un pueblo inculto incapaz de entender los cambios y enfrentados a los nuevos colonos mimados por la monarquía y, por otro, a la temible Inquisición que puso en marcha un implacable proceso contra Olavide y sus dichosas reformitas.

La lista de acusaciones contra don Pablo fue impresionante, con puntos todavía muy mal vistos en España:

  • Hereje, ateo y materialista
  • No creer en los milagros
  • No rezar cuando las cosas iban mal
  • Comer carne cuando no correspondía
  • Sentarse en misa con las piernas cruzadas
  • Cartearse con los ilustrados franceses
  • Defender las tesis de Galileo y Copérnico

Por fin la Santa Inquisición, poderosa como ella sola, se salió con la suya y fue detenido en septiembre de 1776 enchironándolo durante ocho largos años cuando lo declararon públicamente “miembro podrido de la religión” confiscándole, además, todas sus propiedades y prohibiéndole vivir en Madrid, Sevilla, Sierra Morena y América.

Ni el propio rey, moralmente entregado a la Iglesia “de aquí”; ni Aranda, de embajador en París; ni Campomanes, acojonado por si lo tocaban a él; se atrevieron a defenderle lo que vino a demostrar, una vez más, la rigidez mental de una España incapaz de engancharse al carro de la modernidad cuando correspondía.

Y esta incapacidad era muy bien recibida por las verdaderas potencias europeas.

A ninguna le interesaba una España fuerte porque todas anhelaban hincarle el diente a sus posesiones americanas. Y cuando nuestro país intentaba hacer alguna demostración de fuerza, como echar a los ingleses de Port Egmont (Islas Malvinas), en 1770, acabábamos pidiendo perdón por las molestias y devolviendo los territorios ante la incapacidad de mantener, por sí solos, un enfrentamiento militar con Inglaterra (y eso que la incursión se hizo desde Argentina, a un tiro de piedra del archipiélago).

Casualmente, como ya pasara con Felipe II, cuando alguna potencia europea nos recordaba nuestra humilde posición en el planeta enseguida poníamos en marcha ese curioso mecanismo de represalia contra alguno considerado inferior.

Así que no puede ser casualidad (por reincidente) que, cuatro años después de la humillación de Malvinas, a Carlos III se le fuera la olla y aceptara poner en marcha una “cruzada contra los infieles argelinos” sugerida por su confesor personal, el padre Eleta.

Son muchos los factores que impulsaron a España a llevar a cabo semejante empresa. Y, uno de ellos, era el persistente goteo de ataques moriscos sobre las costas mediterráneas españolas, que hacían imposible el establecimiento de asentamientos estables. Ya desde 1651, por ejemplo, se publicaban reales provisiones exigiendo a los vecinos de Cartagena que no abrieran golas en La Manga del Mar Menor para no favorecer estos ataques…

“…en la mar menor de su jurisdiccion abriendo una gola por la mar mayor en perjuicio grande de los vecinos de la ciudad… …pues abriendo la gola en la mar mayor es grande y ebidente el riesgo… …que cada dia entraran los moros y enemigos de nuestra monarquia llevandose presos y cautibos las personas y los bienes

…mandese provision para que no se empezase la dicha obra por ser nueba en daño y perjudicial”[10]

Pero la empresa se dotó de la suficiente incompetencia como para convertirla en un estrepitoso fracaso acabando en otra humillante derrota a pesar de que, en aquella época, el setenta y cinco por ciento del presupuesto nacional correspondía a gastos militares.

No conviene olvidar que hablamos del periodo en el que se estaba produciendo el proceso de independencia de las “Trece colonias” en Norteamérica y que, España, se dejó un riñón ayudando con dinero y armas a esta secesión por puro odio a Inglaterra. El propio Manuel Godoy, futura pieza clave en la política española con Carlos IV, afirmaba en sus Memorias la estupidez de semejante apoyo a las colonias norteamericanas:

“…una guerra que, lejos de importar a España, iba derechamente contra su interés fundamental en las Américas, protegiendo y fomentando con sus armas la insurrección de las provincias angloamericanas contra su metrópoli… …Consecuencia inmediata, como todos saben, fue la famosa insurrección del Perú y de una parte de la Plata, el mismo año justamente en que la independencia de los Estados de la Unión fue consagrada por las armas de la España y de la Francia”.

Y eso que los independentistas anunciaron unos principios diametralmente opuestos al ideario español del entonces…

“Todos los hombres nacen iguales, con un derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad. Para asegurar estos derechos los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiar o abolirla e instituir un nuevo gobierno.

Cuando una larga cadena de abusos y usurpaciones hace patente la intención de reducir al pueblo a un despotismo absoluto, es derecho del hombre, es su obligación, arrogar a ese gobierno y procurarse nuevos guardianes para su seguridad futura.

Por ello declaramos que estas Colonias Unidas son Estados Libres e Independientes exentos de toda fidelidad a la Corona Británica” (Casteras, La Independencia de los Estados Unidos)

La incongruencia de los españoles se tornaba perplejidad al intentar entenderlos desde las cancillerías europeas. Muchos pensaban que España actuaba movida por extraños designios alejados de toda lógica y razón y, de hecho, el final del reinado de Carlos III concluyó con una definición de nuestro país redactada por la prestigiosa “Enciclopedia de Panckoucke” que causó profunda indignación en España. Según su autor, un tal Masson,  nuestro país se había convertido en una “colonia de Europa”…

“España se parece hoy a aquellas colonias débiles y desgraciadas que necesitan constantemente del brazo protector de la metrópoli… …y se parece también a aquellos enfermos desesperados que, no sintiendo ya ni siquiera su propio dolor, rechazaban el brazo que viene a aportarles la vida”.

 A Carlos III le siguió uno de sus trece hijos, Carlos IV, de quien ya hablaremos en otra ocasión.

NOTAS:

[1] No era hombre amigo de la lectura ni de la escritura, odiaba la música (“ruido ensordecedor”, sentenciaba cada vez que le pedían su opinión sobre alguna pieza musical) y la escasísima cultura que tuvo fue estrictamente religiosa. Además, era un tío de rutinas exageradas, amigo de comidas sencillas y camastro rígido “dura como una piedra” y aficionado a darse garbeos nocturnos descalzo por las habitaciones de palacio. El embajador español en Nápoles lo describió, en 1754: “…no lee ni es culto, pero recuerda exactamente todo lo que sucede antes sus ojos, y es capaz de entrar en los más pequeños detalles de las cuestiones… …tiene una opinión óptima acerca de su buen juicio; y tiene tal seguridad y obstinación que raramente se le puede convencer para que modifique sus resoluciones”.

[2] Esta normativa es un ejemplo claro del “choque” entre clases: el pueblo tenía la muy arraigada costumbre de llevar siempre una navaja en cinta para usarla como instrumento de lo más variado (pelar fruta, sacarse tropezones de los dientes, pelearse con el vecino…) y se había convertido en una auténtica muestra personal identificatoria con lo que, su prohibición, iba a generar necesariamente una gran tensión.

[3] Carlos, pasmao con lo que estaba pasando, afirmó que “su” pueblo era como los niños “que lloran cuando los lavan”.

[4] No está de más ocupar unas líneas aquí abajo para describir cómo se desarrollaron estas curiosas y “sesudas” negociaciones… Cuando el desconocido calesero entregó las propuestas/imposiciones a Carlos III éste se resistió soberanamente hasta que el padre Cuenca, un fraile capuchino que según el pueblo estaba “en opinión de santo”, logró tranquilizar a la masa con sermones de penitencia cubriéndose la cabeza de ceniza, colgándose una soga al cuello y dirigiéndose a la muchedumbre con un enorme crucifijo que no paraba de agitar con las manos. La tensa jornada acabó como era de esperar en este país: farfullando un solemne rosario público a la que se sumaron ambas partes.

[5] Para entender esa manía anti-castellana que tenían los lugareños quizás habría que ponerse en su piel y ver cómo, insistentemente, aparecían reales cédulas como esta de 1768 donde se ordenaba que, en Cataluña, “…la enseñanza de primeras letras, latinidad y retórica se hagan en lengua castellana… …cuidando de su cumplimiento las audiencias y justicias respectivas”. En 1783, por ejemplo, se ordenaba a todos los gobernadores militares de las provincias catalanas “acabar el lenguaje del país”.

[6] Este hombre, según historiadores franceses contemporáneos suyos, fue formado en el país vecino en el libre pensamiento ilustrado y volvió a España empeñado en “implantar aquellas teorías tan queridas, sin darse cuenta de si el suelo natal de la Inquisición y del absolutismo era propio para hacerlas cultivar y desarrollarlas”

[7] A través de dos minuciosos informes entregados al monarca: Pesquisa secreta, realizado tras el motín de Squillace; y Dictamen, un completo y detallado estudio sobre el poder de la Compañía de Jesús en España realizado por Campomanes.

[8] José Moñino y Redondo fue hijo de un humilde notario del obispado de Murcia que se destacó por ser el principal valedor en Roma de las ideas anti-jesuitas. Era un personaje que, por su carácter, no dejaba indiferente a nadie. Según el embajador ruso de la época: “Por una parte… …este hombre es extremadamente considerado con sus amigos, un padre de familia modelo, un verdadero ciudadano. Por otra, queda uno sorprendido al ver con frecuencia en él mucha crueldad, un espíritu vengativo y, sobre todo, una exagerada predilección por los empleados… Nadie puede vanagloriarse de tener ni un poco de su confianza, o de haber sido destacado por él. Todo el mundo temblaba ante él”.

[9] El padre de estas reformas universitarias fue Pablo de Olavide, un peruano que ya a los diecisiete años daba clase de teología y derecho y que muy pronto se convirtió en un acérrimo enemigo de los curas.

[10] Archivo Municipal de Cartagena, legajo CHl02125 00012. Para una mayor profundización de los ataques moriscos en la costa murciana véase el trabajo de investigación “La Manga y Cabo de Palos de 1500 a 1800” (publicado en la Revista Cartagena Histórica, núm. 24 año 2008), de este autor.

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