2010. Historia de España para adultos

Edad Moderna y Contemporánea

 

He decidido mezclar la Historia de este país desde el descubrimiento del Nuevo Mundo (y cómo Castilla se lo autoasignó sin miramientos aunque ya existían colonias portuguesas desde 1427 en Puerto Rico) hasta la famosa Transición del 75 mezclándolo con documentación e imágenes prohibidas por la increíble represión sexual que ha existido en España por esa pía castidad que siempre nos ha caracterizado.

No olviden que hemos sido la “reserva espiritual de Occidente”, según el ultraconservador e integrista pensamiento católico tan íntimamente ligado a la política española de toda la vida.

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El libro está lleno de referencias textuales originales que nos obliga a hacernos una seria reflexión sobre si la realidad que nos han contado sobre la Historia de España es cierta o no…

CAPÍTULO I. “EL PLANETA DESCUBRE A LOS ESPAÑOLES”.

He aquí algunos datos, literales, extraídos de documentos de la época sobre el pseudodescubrimiento de América que invita a una seria y forzosa reflexión:

“…Los barcos de la gran armada [china] podían permanecer en el mar durante más de tres meses, y cubrir un trayecto de más de siete mil kilómetros sin hacer escalas para aprovisionarse de alimentos o de agua, ya que junto a ellos navegaban embarcaciones cargadas de cereales y buques cisterna que transportaban agua.

…En 1421, la segunda flota en importancia después de la de China era la de Venecia… …Las mayores galeras venecianas tenían unos cuarenta y cinco metros de largo por seis de ancho y podían cargar como mucho alrededor de cincuenta toneladas. En comparación, los barcos del tesoro de Zhu Di eran monstruos de alta mar construidos de teca. El timón de uno de aquellos grandes barcos tenía más de diez metros de altura, casi la longitud íntegra de la Niña en la que Colón zarparía más tarde hacia el Nuevo Mundo.” (Gavin Menzies)

No conviene olvidar que ya un portugués, Antonio Galvão, describía así, en 1500, un mapamundi propiedad del hermano de Enrique el Navegante traído de Venecia en 1428…

“Viajó a Inglaterra, Francia, Alemania y a otros lugares: y vino aquí a Italia, pasando por Roma y Venecia en su camino; de allí se trajo un mapa del mundo, en el que redescribían todas las partes del mundo y de la tierra. En él se llamaba al estrecho de Magallanes la cola del dragón; al cabo de Buena Esperanza, la cabeza de África… …según ello parecía que en tiempos antiguos había tanto o más descubierto que ahora” (Tratado dos diversos e desayados caminhos, 1563)

Teniendo estos datos presentes no es de ninguna extrañeza leer detenidamente las capitulaciones de Santa Fe, firmadas entre Colón y los Reyes Católicos, el 17 de abril de 1492 (poco antes de zarpar) donde se lee, textualmente:

“Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas dan e otorgan a don Christoval de Colon en alguna satisfacción de lo que ha descubierto en los Mares Océanos y del viaje que agora, con el ayuda de Dios ha de fazer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que se siguen.”

cuando más adelante tuviera que maquillarse todo el periplo colombino convirtiendo este viaje “en el primero”, los cronistas optaron por cambiar lo subrayado por “ha de descubrir”, declarándose, oficialmente, que el copista tuvo un error en la trascripción del contrato privado.

Además, en 1409 ya se defendía en tierras italianas la esfericidad de la Tierra con las tesis de Ptolomeo y Colón ya se carteaba, en aquella época, con pensadores italianos que le manifestaron por escrito tener constancia que muchos ilustres comerciantes ya traficaban con esos lugares en connivencia con las autoridades estatales…

 “…aprecio su espléndido y noble deseo de navegar a las regiones de Oriente a través de las de Occidente tal como se muestra en el mapa que envié [en 1428 donde aparecían Las Antillas], el cual se habría mostrado mejor en la forma de una esfera redonda… el mencionado viaje no solo es posible, sino seguro y cierto, y de honroso e innumerable provecho. Mayormente he obtenido la información buena y fiel… de otros comerciantes que desde hace tiempo trafican en esos lugares, hombres de gran autoridad” (Cartas a Colón, Niccolo Dei Conti)

A Colón, los Reyes Católicos, tuvieron que ningunearlo y “hacerlo desaparecer” de la Historia. Por eso tenemos tan poca información de él. No conviene olvidar que hasta el mismísimo texto original del Diario de a bordo de Cristóbal Colón “se perdió”, junto con el documento de toma de posesión de la primera tierra americana, todo rastro documental del muchacho por tierras lusitanas o la famosa Letra, escrito que realizó a la vuelta de su primer viaje y donde daba cuenta de la noticia del descubrimiento. En la actualidad sólo podemos contar con extractos más o menos creíbles transcritos por Bartolomé de Las Casas. La anulación de la figura de Colón llega a tal extremo que no podemos ni contar, por sorprendente que parezca, con un retrato real del verdadero rostro del almirante.

La censura alcanzó hasta aquellos que fueron con él en sus primeros viajes y escribieron sobre el “descubrimiento” como Bartolomé de las Casas. En la “Memoria de Antonio Herrera de los libros y papeles De las Casas que se trajeron del Colegio de San Gregorio de Valladolid y están en el poder de Juan López de Velasco”, se dice que la obra se componía de tres volúmenes, el primero de los cuales tenía 624 páginas. Sin embargo, el volumen salió del Consejo de Indias, tras una concienzuda revisión del censor oficial del reino, Juan López de Velasco, con sólo 496 páginas.

Uno de los problemas que ha conllevado la danmatio memoriæ ejercida sobre este pobre hombre por la recién creada nación española es que se ha perdido tanta información que ahora resulta imposible saber si es cierto todo lo que se cuenta del descubrimiento.

Igualmente resulta triste saber que el documento “Relación de la gente que fue con Cristóbal Colón en el primer viaje” desapareció encontrándose, únicamente, un extraño símil datado en 1498 sin firmar por el Almirante donde aparecen solo cuarenta de los ciento veinte marineros que fueron en el primer viaje.

En esa lista se menciona a los hermanos Pinzón como originarios de Palos (Huelva). Sin embargo, y para alimentar el mosqueo, se sabe que el Procurador Real y Embajador de la Corona de Aragón en Roma se llamaba, en esa época, Alfons Anes Pinçon. Casualmente el lugarteniente de la Tesorería Real de la Corona de Aragón (también en aquella época) se llamaba Ferran Anes Pinçon y, en la villa de Pals (Tarragona), existía un caballero llamado Vicente Anes Pinçon.

Evidentemente estos datos sitúan a súbditos de otra corona (la de Aragón) y no a la de Castilla, como autores del descubrimiento. El motivo por el que esto también trató de ocultarse junto a la dammatio que le hicieron al pobre Colón se puede escapar (o no) a nuestra comprensión. Pero los datos que ponen en duda la “no-castellanidad” del descubrimiento son numerosos…

Por ejemplo, resulta chocante que el cosmógrafo, maestro y dueño de la Santa María, Juan de la Cosa, fuera un cántabro que gustara de retratarse con barretina en los cuadros oficiales, como así se puede comprobar en el Museo Naval de Madrid.

Claro que quizá este Juan de la Cosa no fuera otro que un marinero, de mismo nombre, que también luchó contra Juan II, que acabó siendo gobernador de Provenza y que, casualmente, tenía un hermano en tierras ampurdanesas (otra vez Tarragona), Gaspar, conde de Troja y Gran Senescal de Provenza.

Porque esto de las barretinas se las trae…

Si nos damos un garbeo por cuadros e ilustraciones extranjeras (es decir, no sometidas al exhaustivo control sobre lo publicado aquí en aquellos tiempos) podemos encontrar un hermoso grabado de Theodor de Bry en su libro “Américæ” (1559) donde nos muestra los primeros marineros que llegaron con Colón a las nuevas tierras americanas. Sorprendentemente, todos llevaban una ostentosa barretina roja sobre sus cabezas y los famosos zaragüelles tan usados en tierras valencianas, zonas técnicamente no controladas por Castilla.

Y para resaltar la importancia de semejantes prendas de vestir, tan características del mediterráneo peninsular en la conquista de América, no hay que más que remitirse al Diario de a bordo…

“Yo [Colón] porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados [más barretinas]  y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo…”

Texto de Montaigne, Ensayos, Libro III, 1580:

“…nos hemos servido de la ignorancia (de los indígenas) para mejor plegarlos a la tradición, la lujuria, la avaricia y toda suerte de inhumanidad y crueldad, a imagen y ejemplo de nuestras costumbres ¿Quién puso nunca tan alto precio al servicio de la mercadería y el negocio? Tantas ciudades arrasadas, tantas naciones exterminadas, tantos millones de personas acuchilladas, la más rica y bella parte del mundo destruida en aras del comercio de las perlas y la pimienta. Nunca la ambición ni las enemistades nacionales impulsaron los hombres a tan horribles hostilidades, a tan grandes calamidades.

Algunos españoles, navegando en busca de riquezas mineras, desembarcaron en una comarca fértil y agradable, muy poblada, y dirigieron a sus habitantes los discursos acostumbrados: que ellos eran gentes pacíficas que venían de lejos, enviados por el rey de Castilla, el mayor príncipe del mundo, a quien el Papa, representante de Dios en la tierra, había otorgado el dominio sobre las Indias. Que si ellos querían ser tributarios suyos serían bien tratados; y les pedían víveres para su sustento y oro para fabricar una medicina. También les hablaban de la creencia en un solo Dios, y de la verdad de nuestra religión, aconsejándoles que la aceptaran y añadiendo algunas amenazas.

La respuesta de los indios fue: Que si eran pacíficos, no tenían aspecto de tales. Que su rey debía ser muy pobre y necesitado, puesto que tenía que pedir, y que quien le había otorgado el dominio de sus tierras debía ser hombre amante de querellas, pues daba lo que no era suyo a riesgo de suscitar cuestiones con los primitivos poseedores. Víveres les darían, y oro tenían poco, y era cosa que no tenían en ninguna estimación porque no les era de utilidad para la vida que hacían, la cual procuraban que transcurriera en paz y felicidad, así que, salvo el que estaban empleando en servicio de sus dioses, podían tomar todo el que encontraran. En cuanto a la doctrina de un Dios único, les parecía buena, pero no querían cambiar su religión, de la que se habían servido con mucha utilidad tan largo tiempo, a más que no acostumbraban a tomar consejo más que de sus amigos y conocidos”.

CAPÍTULO II: “REYES Y CATÓLICOS”

El pactado matrimonio de los Reyes Católicos no tardó en mostrar sus debilidades de forma estrepitosa a la muerte de Isabel y, Fernando, comprendiendo lo poco que pintaba entre tanto y hostil noble castellano, optó por largarse a Italia, casarse con Germana de Foix y acercarse ideológicamente a Francia. Esta mujer, hija de Juana de Foix y sobrina de Luis XII la casaron con dieciocho añitos con el viudo de Fernando siendo, según contemporáneos suyos “alegre, bella, de carácter algo frívolo y amiga de entretenimientos y placeres mundanos”, propios de la licenciosa corte de su tío. Tuvo que ser todo un revulsivo para el cuarentón Rey después de haber pasado media vida con la ultracatólica y reprimida Isabel.

Y Fernando murió como era de esperar: el 23 de enero de 1516, a los sesenta y cuatro años, en una pequeña posada cerca de Madrigalejo por una sobredosis de cantárida, droga muy usada en aquella época para aumentar el apetito sexual. Triste final poco contado y discretamente oculto por los historiadores oficialistas hispanos de todas las épocas.

Cuando su nieto, Carlos I+V, se hizo con el trono español empezaron a florecer las mezquindades hispanas. Por ejemplo, se pusieron en marcha procesos de “solución final” contra los judíos (según Vicen Vives, los españoles “…los odiaron apasionadamente… …su razón es obvia: ellos solos eran quienes sabían el valor del dinero en Castilla”) mediante procedimientos cercanos, mentalmente, a las propuestas nazis del siglo XX. Entre quemados, asesinados y huidos había familias enteras de militares, canónigos, regidores y hombres de negocios que, con su desaparición, paralizaron la riqueza peninsular y bloqueó futuras evoluciones hacia modelos socioeconómicos más modernos.

Según el historiador Pierre Vilar: “El triunfo del cristiano viejo significa cierto desprecio del espíritu de lucro, del propio espíritu de producción, y una tendencia al espíritu de casta. A mediados del siglo XVI, los gremios empiezan a exigir que sus miembros prueben la ‘limpieza de sangre’: mala preparación para una entrada en la era capitalista. Por otra parte, el puesto que ocupa la Iglesia en la sociedad no favorece la producción y circulación de riquezas”.

Acreditar la limpieza de sangre obligó a los curas hasta inventarse estrategias para maquillar el pasado de Teresa de Ávila cuando pretendieron canonizarla… Resulta cachondo (y algo triste) saber que los curas tuvieron que “comprar” a casi todo los ciudadanos de Ávila para que, conjuntamente, testificaran que los antepasados de Teresa de Ídem eran cristianoviejos no contaminados con sangre hereje. En realidad todo el mundo sabía que un abuelo suyo había sido perseguido por el Santo Oficio acusado de judío en Toledo y que, por lo tanto, la pobre mujer no tendría posibilidad alguna de ser santificada si aparecía semejante “borrón” en su currículum familiar.

Pero no sólo éramos bestias en América y dentro de España. En Europa pronto empezaron a conocernos…

Los soldados españoles (más de veinte mil), muertos de hambre y algo limitadillos en eso de la visión política, llegaron a capturar en mayo de 1527 al mismísimo papa sin saber muy bien qué hacer con el muchachote… “Esperamos órdenes prontas de Vuestra Majestad [Carlos I+V] sobre el gobierno de Roma –le escribieron ingenuos al monarca los cabecillas del motín- y sobre si esta ciudad habrá de quedar alguna forma de Silla Apostólica o no”.

Unos, como Lope de Soria, agente del emperador en Italia, aconsejaba desde Génova una profunda reforma de la Iglesia ahora que había caído en manos de “poderes terrenales”. Y otros, como Alfonso de Valdés, le recordaba cuán grande, insigne y poderoso podía convertirse aquel humano que se atreviera a tocar las estructuras políticas de la Iglesia: “A la fe, menester ha muy buen consejo, porque si él [Carlos I+V] desta vez reforma la Iglesia, pues todos ya conocen cuánto es menester, allende del servicio que hará a Dios, alcanzará en este mundo la mayor fama y gloria que nunca príncipe alcanzó, y decirse hasta la fin del mundo que Jesucristo formó la Iglesia y el emperador Carlos Quinto la restauró. Y si esto no se hace, aunque lo hecho haya seído sin su voluntad y él haya tenido y tenga la mejor intención del mundo, no se podrá escusar que no quede muy mal concepto dél en los ánimos de la gente, y no sé lo que se dirá después de sus días, ni la cuenta que dará a Dios de haber dejado y no saber usar de una tan grande oportunidad como agora tiene para hacer a Dios un servicio muy señalado y un incomparable bien a toda la república cristiana” Diálogo de las cosas ocurridas en Roma

La imagen que dejaron los mercenarios españoles a su paso por Roma fue dantesca. Un romance popular de la zona, firmado por un tal Durán, atestigua el caos y desconcierto en que se sumió Roma y El Vaticano:

“Triste estaba el Padre Santo lleno de angustia y de pena en Sant Ángel, su castillo de pechos sobre una almena, la cabeza sin tiara, de sudor y polvo llena, viendo a la reina del mundo en poder de gente ajena. Los tan famosos romanos puestos so yugo y melena: los cardenales atados, los obispos en cadena; las reliquias de los santos sembrados por el arena; el vestimento de Cristo, el pie de la Madalena, el prepucio y Vera Cruz hallada por Santa Elena, las iglesias violadas sin dejar cruz ni patena. El clamor de las matronas los siete montes atruena, viendo sus hijos vendidos, sus hijas en mala estrena.” Romancero general.

CAPÍTULO III. UN IMPERIO ESPAÑOL

Una de las obsesiones del Santo Oficio fue, cómo no, tratar de impedir la circulación de libros que atentaran contra su particular idea de lo que era la vida humana. En España se le encargó la encomienda a Fernando de Valdés quien elaboró un “Índice”, publicado en el verano de 1559, donde se numeraban todos aquellos libros (unos setecientos) que no podían leerse. Sucesivamente se fueron editando nuevos Índices, cada vez más voluminosos, donde llegaron a incluirse las copias manuscritas sin autorización de los mismísimos Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, en 1559, el Lazarillo de Tormes y a pensadores europeos de la talla de Guillermo de Ockam, Savonarola, Maquiavelo, Dante y Tomás Moro en 1583 (en ese año la cosa ya andaba por dos mil trescientos quince libros prohibidos). La Inquisición consideraba que hasta los textos lúdicos eran horribles señales del diablo ya que “están sin artificio y sin erudición y se pierde el tiempo en ellos [por lo que] será bien que no los aya” urgiendo la prohibición de aquellos libros que “expresamente tratan, cuentan o enseñan cosas lascivas u obscenas”.      La mano represora de la Iglesia llegó hasta el propio Cervantes a quien le obligaron a suprimir de El Quijote una frase en el libro II, capítulo 36, donde criticaba las obras de caridad.

¿Y cómo se las ingeniaban para tener controlado el desmadre lector de la población? Pues muy sencillo: mediante redadas policiales parecidas a las de ahora contra las copias ilegales de cedeses y deuvedeses. Un inquisidor relataba así una de éstas llevada a cabo en Sevilla en 1566:

A una hora, que fue a las nueve de la mañana, se ocuparon todas las tiendas y librerías de Sevilla por los          familiares del Santo Oficio de forma que no se pudieron avisar unos a otros, ni ocultar ni sacar ningún libro, y después fuimos nosotros y nos repartimos y fecimos cerrar todas las dichas tiendas y se van visitando por su orden”

         Y como nada ha cambiado desde entonces, también se destruía el material ilegal confiscado mediante enormes y públicas piras de fuego para que la población viera lo malo que era tener esas cosas en casa.

Las críticas empezaron muy pronto entre los intelectuales de la época. En 1533 el mismísimo hijo del Inquisidor General, Rodrigo Manrique, escribía a Luís Vives: “…nuestro país es una tierra de envidia y soberbia; y puedes agregar: de barbarie. Pues, de hoy en más, queda fuera de duda que nadie podrá poseer… …cierta cultura sin hallarse lleno de herejías, de errores, de taras judaicas. Así se ha impuesto silencio a los doctos; en cuanto a los que corrían al llamado de la ciencia, se les ha inspirado, como tú dices, un gran terror”. Y Luís Vives escribía al propio Erasmo: “Estamos pasando por tiempos difíciles en que no se puede ni hablar ni callar sin peligro”.

Felipe II se encargó de publicar una pragmática regia en 1557 donde se prohibía a los estudiantes salir del país para estudiar en universidades extranjeras salvo, faltaría más, las pontificias de Roma. De esta forma se trataba de evitar “peligrosos contagios heréticos” entre los cuales se incluía todo avance científico que contradijera las Sagradas Escrituras. Según el Estado español: “…salir a estudiar fuera destos Reynos se ha visto por experiencia los daños que se han seguido y siguen en lo de la religión y costumbres”.

Más adelante añadía… “…mandamos a todas las justicias de nuestros reinos… …que de aquí en adelante ninguno de los nuestros súbditos y naturales, eclesiásticos y seglares, frayles y clérigos ni otros algunos, no puedan ir ni salir destos reinos a estudiar ni a enseñar ni aprender, ni estar ni residir, en universidades, estudios ni colegios fuera destos reinos; y que los que      hasta ahora y al presente estuvieren y residieren en las tales universidades, estudios y colegios, se salgan y no estén más en ellos dentro de cuatro meses después de la data y publicación de esta nueva ley. Y que las dichas personas que, contra lo contenido y mandado en esta nuestra carta, fueren y salieren a estudiar y a aprender, y a enseñar, leer… …sean habidos por extraños y ajenos de estos reinos, cayan o incurran en perdimiento de todos sus bienes y destierro perpetuo de estos reinos”

La represión intelectual incluía, cómo no, la depuración del profesorado universitario español y un pormenorizado análisis de todo aquello que dijera y diera a leer en sus clases…

“1º. Como regla general, en cualquier facultad deben utilizarse aquellos libros que contengan las doctrinas más sólidas y seguras. Si un libro no contiene malas doctrinas, pero su autor es sospechoso, no conviene emplearlo, pues rara vez ocurre que quien tiene su mente llena de veneno no mezcle algún veneno en su doctrina.

2º. En lo que respecta a los libros de literatura griega y latina, absténganse en las universidades y colegios, en cuanto sea posible, de enseñar a la juventud aquellos textos en los que haya algo que pueda dañar a las buenas costumbre… …Si no es posible… …es mejor prescindir de él [del autor] para que no resulte dañada la pureza de las almas.

3º. En Lógica, Filosofía natural y moral y Metafísica debe seguirse la doctrina de Aristóteles… El Rector debe proceder en todo lo que ordene, según lo que crea más conveniente a nuestra Sociedad y a la gloria de Dios” (Ratio Studiorum et Institutionis Scholasticae)

Un ejemplo del retraso mental que ayudó a preservar este muchacho con respecto a Europa lo tenemos en el caso de la famosa teoría heliocéntrica copernicana. Mientras que media Europa llevaba años aceptándola como válida en círculos científicos aquí, en nuestra casposa España, todavía en 1616 (¡!) se ordenaba la depuración de sus teorías antes de ser entregada a los alumnos universitarios… “Habiendo llegado a conocimiento de esta Congregación que la falsa doctrina de los pitagóricos, completamente contraria a las Sagradas Escrituras, sobre el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol, que proclaman Nicolás Copérnico en De revolutionibus orbium coelestium y Diego de Zúñiga en Job,… …se acuerda como imprescindible suspender las obras que se citan hasta que no se corrijan”

España sufrió espectaculares quiebras económicas en 1557, 1575 y 1596 que hizo poner el grito en el cielo hasta al mismísimo contador oficial de Felipe II, Luís de Ortiz, quien se quejaba amargamente de que en este país “todo se hace sin ingenio… …a poder de dineros”.

Porque estaba claro que Felipe II era un impresentable con una dejadez tal para con su pueblo que hasta sus propios consejeros se lo echaban en cara:

“…la gente común, a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos andan desnudos sin tener con qué se cubrir. Y es tan universal el daño que no sólo se extiende esta pobreza a los Vasallos de S.M. pero aún es mayor los de los señores, que ni les pueden pagar sus rentas”

Una muestra de la escasa lucidez e “ingenio” que tenían los españoles para adaptarse a los modelos mercantilistas imperantes en Europa lo tenemos en el caso, por ejemplo, de la lana. Los ganaderos, vagos como ellos mismos, preferían vender al mejor postor europeo su materia prima y luego ir al extranjero a comprar los paños ya manufacturados (daba “caché” lucir lo que se hacía fuera).

La estupidez era evidente: siempre la balanza de pagos acababa siendo negativa para el país. Y doble si tenemos en cuenta que esos beneficios se usaban, precisamente, para luchar contra España. El pobre Luís de Ortiz debía estar al borde del infarto entre tanto inútil…

…de una arroba de lana que a los extranjeros les cuesta quince reales, hacen obraje y tapicerías y cosas labradas fuera de España, de que vuelven dello mismo a ella, valor de más de quince ducados… …mas de que en estos reynos [españoles] balgan las cosas tan caras por bivir de manos agenas, que es bergüença y grandíssima lástima de ver, y muy peor lo que burlan los estrangeros de nuestra nación, que çierto en  esto y en otras cosas nos tratan peor que a Yndios, porque a los Yndios para sacarles el oro o plata llevámosles algunas cosas, de mucho o poco provecho, mas a nosotros con las nuestras propias no sólo se enriqueçen y aprovechan de lo que les falta en sus naturalezas, más llévannos el dinero del reyno con su yndustria, sin trabajar en sacarlo de la minas, como nosotros hazemos” (Memorial de 1558)

En las Cortes también se tiene constancia de las fuertes críticas recibidas por las clases populares contra la planificación económica de Felipe II (si es que se puede llamar así a gastárselo todo en batallitas): “Suplicamos a V.M. con todo rigor se guarden las leyes que hablan cerca del sacar fuera destos reynos la moneda de oro y plata… y que los estrangeros que truxeran mercadurías a estos Reynos den fianza de llevar el retorno en mercadurías y no en dinero” (Cortes de los reinos de Castilla y León, 1548)

Realmente nos tenían muy calados los de fuera. Para el humanista italiano Guicciardini los españoles trabajaban cuando no les quedaba más remedio y, después, “descansan mientras les duran las ganancias. La nación en general es opuesta al trabajo”.

El propio Ortiz se quejaba: “Es tan grande la olgura y perdiçion de España, que qualquier persona de qualquier estado o condición que sea no save otro offiçio ni negoçio sino yr a Salamanca o a la guerra de Ytalia o a las Yndias o ser escribano, o procurador, y todo en daño de la república”

La fama nos precedía y las críticas iban tanto contra el ejército del monarca… “El Rey tiene en España un plantel de hombres… …pero son tan insolentes, tan ávidos de los bienes y del honor de las personas, que se duda si estos bravos soldados han sido más útiles a sus soberanos que no los han hecho daño en sus últimos años; pues así como han sido los instrumentos de sus victorias, igualmente les han hecho perder el corazón y la voluntad de los pueblos, maltratando a éstos” (Informe del embajador de Venecia, Soriano, en 1559)

…como contra todos los ciudadanos: “La soberbia de la nación española es intolerable… …Y no digo esto de los principales ministros de una nación, sino de los medianos y de los menores, que cierto usan de demasiada altivez con los otros y esto enajena las voluntades y desbarata el buen curso y buena ayuda de los negocios en gran manera” (Advertimientos sobre los negocios de Flandes, Arias Montano)

La catadura moral de nuestro rey no dejó a nadie indiferente. Maximiliano II e Isabel II le advirtieron por carta de que “no se podía gobernar los Países Bajos como Italia o España”

Y es que la “marca España” se las traía: en la populosa ciudad de Haarlem, y tras casi un año de asedio español, fueron pasados a cuchillo todo el género masculino (incluida nobleza) librándose del posterior temido saqueo una vez que pagaron casi trescientos mil florines. Amberes, sin embargo, no pudo evitar en 1575 el expolio protagonizado por los famosos “tercios viejos” españoles. Otra ciudad, Alkmaar, decidió “autoinundarse” volando los diques de contención que tenían antes que caer en manos hispanas.

Felipe II creyó (el muy ingenuo) que con la muerte de María Estuardo podría colocar en el trono inglés a su hija Clara Eugenia al haber recibido los parabienes de El Vaticano. Pero a los ingleses les traía al pairo lo que dijeran tanto los curas como Felipe. Tenían una poderosa marina que defendía a otra reina, Isabel, y hacia la que se decantaron desde el principio. Y al emperador dominium mundi le entraron las prisas por colocar a su hija. Pero los ingleses, a unos cuantos años luz del “dominium” en cuanto a lucidez y técnicas de guerra, ya habían advertido de su poderío naval llevando a cabo espectaculares acciones de ataque contra Cádiz que dejó perplejos a los militares españoles. Sin embargo, no aprendieron o no quisieron aprender de las nuevas estrategias que Francis Drake y John Hawkins estaban aplicando a sus barcos y los españoles, espesos como siempre en eso de asimilar innovaciones de fuera, pretendieron realizar un ataque a las islas “a la vieja usanza”: con enormes y pesados barcos cargados de gente. Porque Felipe, según él, no tenía nada que temer. Era el “brazo armado de Dios” y tenía consigo a la Divina Providencia.

El muchachote, crucifijo en mano, empezó a dar órdenes como loco a sus militares de confianza pero el efecto sorpresa se iba perdiendo: a los seis meses de su cabreo inicial todavía no tenía claro, ni siquiera, a quién poner al frente de semejante empresa. Al final se decidió por el más inútil. Uno que se mareaba cuando subía a los barcos, achacoso de salud y desconocedor total de las técnicas de guerra marítimas: el duque de Medina-Sidonia. Este pobre hombre afirmó por carta a Felipe II cuando se enteró del marrón que le había caído:

“…Señor, yo no me hallo con salud para embarcarme, porque tengo experiencia de lo poco que he andado en la mar, que me mareo… …porque siendo una máquina tan grande y empresa tan importante [lo de invadir Inglaterra], no es justo que la acepte quien no tiene ninguna experiencia de mar ni de guerra… …Y así entiendo que S.M. por lo que es su grandeza, me hará merced, como humildemente se lo suplico, de no encargarme cosa de que ciertamente que no he de dar buena cuenta, porque ni lo sé ni lo entiendo, ni tengo salud para la mar, ni hacienda que gastar en ella”

Las excusas no colaron y el rey obligó al duque a zarpar el 20 de mayo de 1588 con ciento treinta enormes y pesados barcos hacia Inglaterra repletitos de soldados de infantería especializados en ataques sobre tierra firme. Pero en julio de ese mismo año Howard y Seymour, aplicando las mismas técnicas usadas por Drake en Cádiz, corrieron a gorrazos a la mayoría de los barcos españoles empeñados una y otra vez en abordar a unas naves terriblemente veloces y ágiles. La cosa era como cazar moscas a cañonazos. No había nada que hacer. Y, así, el del mareo decidió meterse en el peligroso mar del Norte con los pocos barcos que se salvaron para intentar, al menos, que alguno llegara vivo a España para poder contarlo.

La cosa del mandar se le acabó, para alegría de más de medio mundo, en junio de 1598 entre horribles dolores y una gota que le acabó impidiendo firmar, incluso, los documentos oficiales en los últimos años de su vida. Según el flamenco y ayuda de cámara del rey, Jean L’Hermite, el arrogante monarca se arrastraba, más que vivía, esperando la hora de su muerte:

“Sufría de incontinencia, lo cual, sin ninguna duda, constituía para él uno de los peores tormentos imaginables, teniendo en cuenta que era uno de los hombres más limpios, más ordenados y más pulcros que vio jamás el mundo…No toleraba una sola mancha en las paredes o suelos de sus habitaciones… El mal olor que emanaba de estas llagas era otra fuente de tormento, y ciertamente no la menor, dada su gran pulcritud y aseo”

Se rodeó de una impresionante iconografía religiosa (extrañas reliquias, crucifijos familiares…) mientras los curas se entretuvieron rezando los avemarías y padresnuestros exigidos por el acojonado monarca hasta que, por fin, la palmó a las cinco de la madrugada del 13 de septiembre de 1598. Según un cronista contemporáneo, un tal Sigüenza:

“…con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fue… …a gozar del Reino del Soberano”

CAPITULO IV: LA GENÉTICA HACE DE LAS SUYAS

La vida real de los españoles en aquella época de esplendor nacional: “…porque uno que labra ha de sustentar a sí, y al señor de la heredad, y al señor de la renta, y al cogedor del diezmo, y al recaudador del censo, y a los demás que piden” (Memorial de la política necesaria y útil restauración de la República de España, 1600)

Y muchas veces las propias Cortes debatían un problema que parecía irresoluble sin tocar a los “intocables”: “Los prelados, grandes, señores y caballeros, que son los que recogen todo el pan en grano que los dichos labradores labran y cultivan, no pagan ninguna cosa; los prelados, porque son exentos; los grandes y señores, porque ordinariamente no pagan las alcabalas [impuestos] y las cargan sobre sus tristes vasallos… …y ha de cargar[se] todo sobre los labradores, los cuales no pueden escapar de pagar de un grano que vendan” (Actas de las Cortes de Castilla, 1573)

Todo esto hacía que la vida del currito fuera tan miserable que, en pocos decenios, la imagen de la España profunda se ratificaba una vez más entre unos viajeros poco amigos de frecuentar estos lares: “…la despoblación, pobreza y miseria que tiene hoy España [es tal] que los extranjeros publican que el caminar por ella es más penoso que por ninguna otra tierra desierta de toda Europa, porque ni hay camas, ni posadas, ni comidas, por las grandes vejaciones y tributos que pagan los naturales”(Carta del conde de Godomar a Felipe III, 1619)

Y el jesuita Juan de Mariana decía: “El rey no puede gastar a su voluntad el dinero que le entregan sus súbditos como si fueran ingresos de sus posesiones privadas”

Y si a su padre le dio por los heréticos y a Fernando por los judíos, Felipe III no iba a ser menos y le dio por los “moros” (siempre tiene que haber un enemigo para la cohesión interna). Los moriscos eran odiados visceralmente por la población española, desde el campesino hasta el más alto noble. Así que, cuando al monarca se le ocurrió decretar la expulsión de toda una cultura nadie opuso resistencia significativa aunque, eso sí, nadie lo pidió.

El más incendiario era el arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, cuando exigió que a los moros se les tratara como esclavos “sin ningún escrúpulo de conciencia”, incluidos los niños menores de cuatro años “por el bienestar de sus almas” (este pío cura llegó a proponer que se castraran a los recién nacidos para contener la natalidad morisca), lo cierto y verdad es que el proceso de expulsión tuvo que ser idéntico al confinamiento y deportación (otra vez) que los nazis practicaron en Europa contra los judíos y cuyo antecedente más directo lo tenemos en la que hicieron los Reyes Católicos.

La orden partió en abril de 1609 con el beneplácito del Papa Paulo V y, en septiembre, se decidió iniciar la limpieza étnica en Valencia colocando estratégicamente buques de guerra en los principales puertos que debían vigilar el embarque de las largas columnas de familias enteras obligadas a abandonarlo todo.

Casi ciento veinte mil almas fueron eficazmente largadas al norte de África en los primeros tres meses. Y costó hasta tres años más la “caza y captura” del resto de familias moriscas (llegaron a sumar casi trescientos mil) que trataron de evitar la deportación huyendo de sus pueblos con lo puesto o lanzándose al suelo con el rosario en la mano en cuanto llegaban los soldados.

Un testimonio de la época recogido en el Llibre de Memòries de la Comunitat de Preveres de Reus, cuenta la travesía andando que tuvieron que hacer algunos para embarcar en los puertos mediterráneos:

“…als 2 de janer de 1610 en Madrid es feu pregó que tots los moros de Castella se embarcasen aixi mateix y comensant a Leyda los baxaren per lo riu Ebro als Alfahcs publicantse als 5 de juny de dit Tortosa y venint a esta vila als 5 de octubre de dit any 1610… …[finalmente] se feu Missa y professó solempnisima de gratias assistinti to los capellans, capitans, soldats de tantas galeras que y avia”

Este es uno de los motivos, nunca confesado desde aquí, que justifica los incesantes ataques moriscos contra las costas españolas durante los siguientes siglos: querían volver a sus casas.

De 1629 a 1631 la depresión económica fue espectacular con muertes por inanición, enfermedades (peste bubónica, tifus, viruela, disentería…) pertinaces sequías, falta completa de higiene y la necesidad de importar hasta cereales desde el exterior.

Las Cortes oyó una dramática descripción de lo que pasaba en Granada en 1621: “Muchos lugares se han despoblado y perdido [afirmaba Lisón y Biedma] los vasallos que las cultivaban andan por los caminos con sus mujeres e hijos mudándose de unos lugares a otros buscando el remedio, comiendo yerbas y raíces del campo para sustentarse”.

El propio equipo de gobierno real decía en 1669: “…hay innumerables personas y familias que se pasan un día y dos sin desayunarse, y otros meramente con hierbas que cogen en el campo y otros géneros de sustento, no usados ni oídos jamás”

La quiebra de 1627 había arrasado con España y Olivares, en un increíble acto de lucidez mental, llegó a la conclusión de que a lo mejor  la cosa se arreglaba reduciendo gastos.  Y para ello puso en marcha dos medidas impensables hasta hacía poco: que la casa real gastara menos y que se controlara el gasto público de las administraciones incluida la Educación: se centró en los colegios que acogían hijos de la nobleza. Según los jesuitas “…aunque interesa que se extienda mucho a la gente común, mucho más importa que no les falte a los hijos de los príncipes y gente noble, porque es la parte más principal de la República”.

CAPÍTULO V: DE LOS HABSBURGO A LOS BORBONES

Carlos II no servía para nada… cuando, a sus dieciocho años, lo casaron con la sobrina de su hermana María Luisa de Orleáns (de diecisiete) la Corte al completo esperó con entusiasmo los resultados de la primera noche de folleteo. El doctor Castillo relata así lo sucedido: …ni el entusiasmo de aquella primera noche ya en la capital ni las del Buen Retiro de Madrid y luego en El Alcázar, ni la buena disposición de la reinecita lograron que se produjera el ansiado embarazo. María Luisa, al año, seguía tan virgen como vino pues ni se consumó el acto matrimonial ni la precocísima eyaculación del Rey ‘permitían simultanear ambas efusiones’ como elegantemente escribían los médicos de Cámara. Y es que la impotencia de don Carlos era verdadera”.

Para los lumbreras que le rodeaban se trataba de un “mal de ojo” que le habían echado a Carlos de pequeño y que explica, razonablemente, sus males físicos y psíquicos.

Así que, ni cortos ni perezosos y convencidos de estar haciendo lo adecuado, el inquisidor general del Reino, el cardenal Juan Tomás Rocaberti, y el confesor real del pobre muchacho, Froilán Díaz, se dirigieron a un “especialista” en males de ojo para que se pusiera en contacto con el “Maligno” y le dijera qué puñetas le pasaba al rey

El fraile, vicario del convento de la Encarnación de Cangas de Tineo, en Asturias y que respondía al nombre de Antonio Álvarez de Argüelles, se puso manos a la obra y no tardó en contestarles por carta que: “Me dijo el demonio anoche que el Rey se halla hechizado maléficamente para gobernar y para engendrar. Se le hechizó cuando tenía catorce años, con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle el semen e impedirle la generación”.

El desdichado no iba a aguantar mucho. En octubre de 1700, cuando el monarca tenía solo treinta y nueve años de edad, la cosa era ya irreversible. El doctor Goleen escribía:

“S.M. recibió los Santos Sacramentos e hizo testamento el día dos aunque se ignora su contenido pues se guarda absoluta reserva. La enfermedad es grave pues en pocos días ha tenido más de doscientos cursos [cagadas]; perdió el apetito y está extenuadísimo, al punto de parecer un esqueleto”.

Murió el 1 de noviembre tras dos días en coma.

Pero con Felipe V el país tampoco mejoraba…

El marqués de Louville afirmaba sobre España: “Ni armas, ni dinero, ni justicia, ni policía, ni libertad, ni freno; en las colonias, virreyes; en las metrópolis, capitanes generales relevados continuamente, nunca bien buscados ni contenidos; en el centro, una inmensidad de senados que bajo los títulos pomposos de Consejos de Castilla o de la Justicia, de Aragón, de Italia, de Flandes, de Indias, de las Órdenes, de Hacienda y de Guerra, no ofrecían otra garantía más que la voluntad real… Un palacio silencioso, esclavizado en nombre de la etiqueta… era la residencia, la corte”.

Y el marqués de Lozoya era aún más cáustico: “El clero, numerosísimo, fanático, dividido y, con escasas excepciones, ignorante. Una administración caótica e inmoral, un ejército escaso y mal pagado, una marina casi inexistente…”

Para un lúcido y anónimo contemporáneo que padeció esa época, la decadencia del Imperio español estaba originada por solo tres o cuatro grandes “meteduras de pata” imposibles de corregir…

“…unas asientan serlo [las culpas] la unión de Austria y con ella la de los Países Bajos, sepulcro de españoles y ruina de sus tesoros; otros prueban serlo las americanas, que nos extrajeron los hijos y nos enervaron los brazos al fomento de sus riquezas y al halago del ocio; otros casi identifican nos desquició absolutamente la expulsión de moriscos, faltándonos en ellos cultura a los campos, impulso a las armas y vecinos al Reino”. (Respuesta de un amigo a otro que le pregunta por el fin que vendrán a tener nuestros males en España, 1714)

No era un país el nuestro muy a la altura de las circunstancias. El ya conocido marqués de Louville se desahogaba el pobre hombre en sus cartas…“Carecen –los españoles- de rigor; son incapaces de permitirse algún movimiento para servir al rey o para destronarlo, aun cuando, al contrario del resto de la nación, la mayor parte no le quieran y están furiosamente envidiosos de los franceses; mil facciones diferentes los dividen, se odian todos a muerte. Querríais, bien lo veo, que a lo menos tuviesen talento, pero Dios ha sido de otra opinión y les ha dado muy poco”.

Y el rey, mientras tanto, se dedicaba a darse paseíllos por la ciudad, a rezar en la catedral, a recibir clases de música y a irse de caza cuando hacía buen tiempo desentendiéndose, completamente, del gobierno del país.

Con semejante programa “lúdico festivo”, y teniendo en cuenta lo mal que estaba, no es de extrañar que, en tan sólo un año, Felipe se convirtiera en un siniestro espectro, ensimismado y noctámbulo, recorriendo los pasillos de El Alcázar de Sevilla en el más absoluto abandono higiénico (se negó a ser lavado y peinado), tremendamente gordo y torpe (llevaba una caótica dieta sujeta a sus imprevisibles caprichos) y permaneciendo acostado durante días enteros.

El duque de Noailles, estupefacto, lo retrataba de semejante guisa en una carta dirigida a Luis XV el 20 de abril de 1746: “He hallado al rey de España cambiado hasta tal punto, que me hubiera costado trabajo reconocerlo si le hubiese visto en otra parte que en su mismo palacio. Ha engordado de un modo pasmoso y hasta me parece más pequeño que antes. Apenas puede mantenerse en pie y andar, lo cual debe tal vez atribuirse a una falta completa de ejercicio.”

Sus consejeros observaron que sólo tranquilizaba su “mal de espíritu” cuando escuchaba música así que lo frieron a musicoterapia y ordenaron al famoso cantante Farinelli que se desplazara a vivir a Sevilla… Farinelli, nacido con el nombre de Carlo Broschi, fue uno de los tantos niños con buena voz que fueron castrados durante los siglos XVII y XVIII para que conservara su voz infantil de adulto en los coros de las iglesias (semejante aberración nacía de la enfermiza manía que tenían los curas contra las mujeres: no dejaban que hubiera voces femeninas en los cánticos litúrgicos, no vaya a ser que les pegara algo). Para ello les extirpaban tanto el pene como los testículos (técnicamente se le llama emasculación) y luego los repartían por las iglesias europeas interesadas en tener en sus filas a estos pobres niños. El negocio de la ablación masculina en Europa “producía” unos cuatro mil castratis al año para iniciarles en el bel canto.

Pero tanta música no impidió que el rey se despidiera de este planeta el 9 de julio de 1746 dejando un panorama desolador tanto en la Hacienda pública (en 1739 se decretó la última suspensión de pagos española) como en las relaciones internacionales (Inglaterra le había declarado la guerra unilateralmente en la llamada “guerra de la oreja de Jenkins”; franceses, holandeses, daneses y portugueses destrozaban la economía hispana con el contrabando; y, encima, perdían históricos derechos como los de pesca de los vascos en Terranova).

CAPÍTULO VI: CAMBIAR A REGAÑADIENTES

Fernando VI, sucesor natural de Felipe V, seguía el mismo perfil patológico que sus predecesores. Era corto de luces, terriblemente pasivo, tímido hasta la desesperación para sus coetáneos y entregado en cuerpo y alma a su mujer, Bárbara de Braganza, una ambiciosa reina hija de Juan V de Portugal con muy mala prensa en España y elegida tras una ardua selección de candidatas “políticamente interesantes”…“Una reina portuguesa, según varias opiniones, a España deja la mierda y a Portugal los doblones” (Refranero popular)

Cuentan que era “fea, virolenta, de boca grande, de labios gruesos, ojos pequeños y pómulos salientes”. El mismo Keene, que asistió como testigo a la entrevista entre Felipe V y Juan V  para pactar la boda de Fernando con Bárbara afirmaba por carta el 20 de enero de 1729: “…y pude observar que el rostro de la Princesa, aun cuando se hallaba Su Alteza cubierta de oro y diamantes, desagradó al Príncipe, que la miraba como si le hubiesen engañado. Su boca enorme, sus labios gordos, sus carrillos mofletudos y sus ojillos diminutos, no formaban, según a él le parecía, un conjunto agradable…”.

Y España empezó a ser gobernada por un curioso modelo autóctono de matriarcado oculto bicéfalo muy de nuestro estilo: un hombre que dice que manda y una señora que le dice lo que tiene que hacer.

Por eso cuando murió la parienta el pobre hombre duró poco más de un año recluido voluntariamente en Villaviciosa de Odón donde entró en una extraña fase de locura contenida negándose a ser aseado, agrediendo a los sirvientes que le atendían y creando un ambiente supersticioso tan supersticioso que llegó el día en que nadie se atrevía a acercársele por si “pegaba algo extraño”.

El conde de Bristol, nuevo embajador de Inglaterra en España, escribía: “Durante siete días ha estado en cama [Fernando] y ha sido preciso sangrarlo dos veces en solo un día. Se le han dado muchas medicinas, pero cada día aumenta la aversión que tiene a los negocios públicos y no quiere ver a nadie más que a sus médicos”

En otra misiva del mismo embajador se puede leer: “No quiere que lo afeiten y se pasea en bata y camisa, la cual no ha cambiado desde hace ya un tiempo increíble. Diez noches hace que no se ha acostado y se cree que no ha dormido cinco horas desde el dos de este mes, y esto sólo diferentes veces media hora cada una y sentado en un sillón. No quiere acostarse porque se imagina que cuando se halle echado morirá”.

Y murió, como él mismo temía, el 10 de agosto de 1759 no sin antes recobrar por unos instantes la lucidez para describir su vida como una “comedia”: “¿Qué dejo yo para que sienta morir, sino cuidados, penas y miseria? He hecho el papel de rey, y se acabó para mí esta comedia”

Pero la cosa empezó a tambalearse en 1766. Por aquel entonces Madrid, como todas las grandes urbes de España, era una pestilente ciudad de casi doscientos mil habitantes plagada de delincuentes y con un caótico crecimiento en manos de los más espabilados (no como ahora, que da gusto).

Y, para tratar de evitar semejante panorama, el gobierno de Carlos III decidió, ingenuamente, crear una serie de ordenanzas innovadoras destinadas a poner un poco de orden. A saber:

  • Construcción de aceras a las salidas de todas las casas con cargo a sus propietarios
  • Reconducción de las “aguas sucias” (las del retrete y orinales), a través de canaletas, para evitar que las tiraran por las ventanas
  • Fijación de lugares para la acumulación y recogida de basura
  • Empedrado de las principales calles
  • Prohibición de dejar a los puercos (los de cuatro patas) sueltos por la calle
  • Obligación del barrido sistemático de las calles
  • Estricta persecución de todo aquél que usara sombrero de ala ancha y embozos cuando circulara por la vía pública
  • Prohibición expresa del uso de máscaras y disfraces que ocultaran la cara del interfecto en las fiestas de Carnaval
  • Control del uso de armas blancas
  • Regulación de la prostitución y sus negocios
  • Vigilancia exhaustiva de la mendicidad y de los juegos en grupo que se produjeran, espontáneos o no, en las calles

Y el pueblo la lió… Semejante acto de histeria colectiva tan español acabó como sabemos acabar las movidas sociales en este país de beatos: con una bonita procesión que acudió, en loor de cánticos, hacía el Palacio real profiriendo entre avemarías y rosarios algún que otro cristiano “¡muera Squillace!” (el ministro que aprobó esas normas) y vivas al rey.

Pero esta “spanish revolution”, antecedente de la inminente Revolución francesa, cogió un rumbo típico de aquí: cuando un desconocido calesero y líder de la masa entregó las propuestas/imposiciones a Carlos III éste se resistió soberanamente hasta que el padre Cuenca, un fraile capuchino que según el pueblo estaba “en opinión de santo”, logró tranquilizar a la masa con sermones de penitencia cubriéndose la cabeza de ceniza, colgándose una soga al cuello y dirigiéndose a la muchedumbre con un enorme crucifijo que no paraba de agitar con las manos. La tensa jornada acabó como era de esperar en este país: farfullando un solemne rosario público a la que se sumaron ambas partes… y todos para casa convencidos de haber hecho algo útil.

CAPÍTULO VII: LO ESPERPÉNTICO SE PERPETÚA EN EL PODER

La incongruencia de los españoles se tornaba perplejidad al intentar entenderlos desde las cancillerías europeas. Muchos pensaban que España actuaba movida por extraños designios alejados de toda lógica y razón y, de hecho, el final del reinado de Carlos III concluyó con una definición de nuestro país redactada por la prestigiosa “Enciclopedia de Panckoucke” que causó profunda indignación en España. Según su autor, un tal Masson,  nuestro país se había convertido en una “colonia de Europa”…“España se parece hoy a aquellas colonias débiles y desgraciadas que necesitan constantemente del brazo protector de la metrópoli… …y se parece también a aquellos enfermos desesperados que, no sintiendo ya ni siquiera su propio dolor, rechazaban el brazo que viene a aportarles la vida”.

No conviene olvidar que ya en tiempos de Felipe V, los administradores franceses tenían bien calados a los nobles españoles (“son políticamente cambiadizos –decían- e incompetentes y excesivamente altaneros”) siendo una verdadera pesadilla para los embajadores extranjeros que tenían que lidiar con ellos criticándoles la escasísima iniciativa cultural que tenían, a pesar del dinero que manejaban (“la cultura es cosa de la Iglesia”, les decían como justificación). Por ejemplo, en Barcelona un estudio de un tal Castañeda fija en cuarenta y dos el número de bibliotecas existentes en aquella época de las cuales sólo cinco tenían más de doscientos cincuenta libros, y diecisiete menos de veinte.

Tampoco se libraban los caciques provinciales. Una casta “poco recomendable… …incultos y violentos a la hora de defender su posición aliándose, si se terciaba, con bandoleros y mafiosos”

Esta chapuza nacional con un rey lelo, una reina liada con Godoy y un pueblo dedicado a buscar comida acabó con una invasión francesa de manos de Napoleón.

Pero los franceses las pasaron canutas. Los españoles acabábamos de inventar el terrorismo (no lo inventaron los vascos ni la yihad, fuimos nosotros) para luchar contra ellos. Un tal Broglie contaba: “…no se podía retrasar nadie cincuenta pasos del cuerpo de tropas sin peligro de la vida”.

Y un colega suyo, Miot, incidía en la “doble personalidad” de los españoles: “Los hombres, ocupándose en las faenas del campo, cogían el fusil oculto en las tierras si veían pasar un francés solo, y en cambio para el destacamento por un terreno no eran más que pacíficos agricultores”.

Thiebault, afirmaba: “Con las guerrillas no había combate de duración limitada; era una lucha continua, sin descanso e interrupción; no perdía la ocasión de asechanza o emboscada, aprovechaban todas las horas, todos los lugares, y acababan siempre por perseguir a los que les habían perseguido. Las guerrillas no mataban nunca muchos hombres de una vez”.

Y otro gabacho “sufridor” narraba: “El arte magno de las guerrillas es atacar siempre y no verse jamás forzados a aceptar combate. En el momento que les atacábamos desaparecían y caían sobre nosotros como buitres cuando menos les esperábamos; esto lo hicieron a la perfección”.

Con tanto gabacho la Junta Central tuvo que refugiarse en el extremo sur de la península, en Cádiz, donde la presencia de tropas inglesas en Gibraltar les garantizaba una relativa calma (si no de qué) para establecer sus estrategias de reconquista sobre todo el territorio.

La Junta acabó arrinconada en Cádiz aunque antes la intentaron poner en marcha en Aranjuez y Sevilla. Es importante reconocer, a estas alturas del relato, el crucial papel que siempre ha representado Inglaterra en la Historia de España y el eterno ninguneo a que se ha visto sometido ese país en la historiografía oficialista española. Por ejemplo, gracias a que Gibraltar siguió siendo colonia inglesa en esta época se pudo iniciar el proceso de “reconquista” contra los franceses desde su área de influencia.

La estructura directiva de la Junta Central en enero de 1810 demuestra claramente las tendencias ideológicas de quienes acabaron controlando el cotarro: una regencia vacante sin peligrosas aspiraciones republicanas, a la espera de la llegada de Fernando VII (desde entonces, “El Deseado”), formada por cinco ilustres miembros del Antiguo Régimen: el obispo de Orense (un cura), Francisco Saavedra y tres fieles generales del Antiguo Régimen (Castaño, Escaño y Lardizábal)

Los grupos de poder afines al Antiguo Régimen contaban con la dura faena de tratar de contentar a los reformistas ilustrados, amigos de crear un sistema más justo que la denostada autocracia monárquica. Y para ello tuvieron que crear algún método de votación público que, sin poner en duda las virtudes de la democracia, tuviera como resultado la victoria de los sectores ultraconservadores asociados a la nobleza y al clero. Y como eran muy listos consiguieron convencer a todos que el siguiente método era el mejor (le llamaron el “voto universal indirecto de tercer grado”):

  • Primero votaban todos los hombres (lo de las mujeres ni se lo planteaban) mayores de veinticinco años en las llamadas “prerrogativas”, que se decidió que se celebraran tras alguna homilía dominical en las parroquias de turno para comerles la oreja antes.
  • Los elegidos tras esos resultados votaban para los partidos judiciales creados.
  • Y, por último, los flamantes nuevos delegados de los partidos judiciales elegían a los diputados a Cortes.

Nacía así La Pepa, para muchos la primera Constitución española. Pero fue de todo menos eso que quieren hacernos creer los libros de texto. Fue un timo como, al parecer, lo ha sido la Transición de hace cuarenta años.

Simplemente, maquillaron el engranaje para seguir mandando los de siempre a la espera de un rey que aboliera La Pepa y montara el deseado absolutismo.

Y con Fernando VII la represión llegó a unos niveles exasperantes con la creación de una Comisión Militar Ejecutiva (un vulgar consejo de guerra) que se liquidó, sin contemplaciones cristianas, a más de ciento diez ilustres personajes de la vida pública del entonces (eso sí, seguro que con algún rezo reparador de conciencias antes de fusilarlos, como está mandado).

Por ejemplo, cayeron en la horca todos los antiguos regentes, el porculero Riego, que fue arrastrado en una espuerta y descuartizado en una plaza; El Empecinado, a quien encerraron en una jaula antes de su ejecución; Mariana Pineda, ahorcada por bordar una bandera con la frase “ley, libertad e igualdad” e, incluso, ejecuciones a maestros acusados de ideas tan desfasadas como la herejía.

Además, uno de sus ministros, Francisco Tadeo Calomarde, decidió depurar toda la Administración del Estado, largando a más de ochenta mil funcionarios díscolos y creando, para el resto, unos expedientes administrativos llamados de “purificaciones” donde el Estado clasificaba a los funcionarios como “puros”, “impuros” o “purificados”.

La cosa se completó con el cierre de todas las universidades (eran fuentes de saber pecaminoso), de la prensa (dejó publicar a solo dos periódicos serviles pero con las instrucciones bien claritas de que “…se abstuviesen de insertar más noticias que las de la estación de las cuarenta horas, la del santo del día, la inserción de la Bula de la Santa Cruzada, y los anuncios de venta de ungüentos para curar almorranas, y aceites para quitar el vello a las mujeres” ), de todas las asociaciones (fueran de lo que fueran) y de los cafés.

Incluso llegó, en 1815, a crear una Junta Militar en Barcelona dirigida por un obispo (Sichar) para poner en marcha la Inquisición y “misiones” encaminadas a reconducir a tanto díscolo. “Las costumbres –decía el obispillo- se hallan corrompidas y la buena moral del Evangelio se considera por muchos como proscrita”. Este reprimido sexual se dedicó a requisar condones (confiscó ciento veinte docenas en exhaustivos registros) y a prohibir los baños compartidos en la playa (“se bañan –decía asustado- hombres y mujeres mezclados y enteramente desnudos”).

Se prohibieron, además, las blasfemias y los juramentos y “ciertos trajes y prendas que no son propias del país… …[junto a] cachuchas, zarcillos en las orejas, los hombres, pelo largo sobre la frente, como lo usaban los revolucionarios”.

El caos en esta España fernandina llegó a unos niveles increíbles: en 1821 la mismísima Galicia, Andalucía y Murcia decidieron abolir los impuestos estatales e independizarse de Madrid (aguantaron tres meses “acantonados” y se llamaban, entre ellos, “estados soberanos”) y, seis años más tarde, estalla en Cataluña la impresionante revuelta dels malcontents (“los desencantados”) mientras en las urbes se sucedían decenas de revueltas mal organizadas y peor entendidas.

Por increíble que parezca Cádiz llegó a proponer volar el puente que le unía con tierra firme y declararse “República Independiente Hanseática de Cádiz”. Ya el mismísimo Olavide hacía una acertada descripción de la idiosincrasia hispana: “La España actual se nos muestra como un cuerpo sin energías… …como una República monstruosa formada por pequeñas Repúblicas que se enfrentan unas a otras porque el interés particular de cada uno se opone al interés general”. 

CAPÍTULO IX: DE AQUELLOS LODOS…

Largada la reina Isabel del país se intentó buscar un “recambio”. Pero nadie quería…

Duque de Montpensier (cuñado de Isabel). Contaba con el respaldo decidido de la Unión Liberal pero tenía en contra al propio Napoleón III ya que el duque era miembro de la familia Orleáns y ambos, “no se hablaban”. La capacidad española para tomar decisiones autónomamente volvía a quedar en entredicho.

Fernando de Coburgo (padre del rey Luís de Portugal). Tenía el apoyo de toda la izquierda española pero el muchacho estaba casado con una vulgar bailarina de cabaret, Fanny Essler, y eso, para la estrecha mentalidad de los españoles, era excesivo.

Enrique de Borbón (hermano del marido de Isabel). Un tío republicano hasta la médula que no llegó siquiera a ser votado en Cortes porque no se le ocurrió otra cosa que retarse en duelo con Montpensier y, encima, perder.

Leopoldo de Hohenzollern. Candidato alemán (como su propio apellido indica) que Napoleón III volvió a rechazar con vehemencia al considerar que, si era elegido rey de España, “Francia quedaría atrapada entre dos Prusias

Finalmente, se echó mano de un pobre italiano, Amadeo de Saboya duque de Aosta, que decidió aceptar el cargo tras intensas y desesperadas negociaciones y dos rotundas negativas. La Cámara, lo aprobó con ciento noventa y un votos a favor, cien en contra y dieciocho abstenciones.

Pero le hicimos la vida imposible y se largó.  Según Engels, Saboya fue “el primer Rey que se declara en huelga”. La huida del pobre hombre colocó a España en la inevitable tesitura de declararse República, por primera vez en la Historia del país, ante la ausencia completa de voluntarios dispuestos a colocarse la corona española sobre sus sienes. Así que, el 11 de febrero de 1873, el mismo día de la abdicación, deciden anunciar a bombo y platillo la “I República española”.

Pero era una farsa al no contar con el sustrato de madurez popular necesario para que la cosa funcionara.

España estaba intratable y parecía que se hacía necesario poner un poco de orden y disciplina. El cerebro de esta restauración fue Antonio Cánovas del Castillo que volvió a redactar otra Constitución para España donde dejaba muy claro que este país era una monarquía constitucional pero sin soberanía compartida con el pueblo. Es decir, que Alfonso XII estaba por encima de las voluntades populares (para ello se redactó ex profeso el artículo 17 que autorizaba a suspender las garantías constitucionales cuando fuera necesario) y se reconocía explícitamente la inmadurez de un pueblo para autogobernarse sin la ayuda de mucha mano dura.

Y a quien no pudieron sacudirse de encima fue a los siempre pegajosos curas que le obligaron a dejar bien clarito en la nueva Constitución la primacía del catolicismo sobre todas las restantes religiones (Artículo 11): “La religión católica, apostólica, romana es la del Estado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirá, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado”.

Uno de los fenómenos más característicos del sistema social ideado por este hombre fue el llamado caciquismo, un particular modelo de control social ejercido por algún mandamás en cada pueblo donde éste garantizaba al Gobierno central los votos necesarios en unas manipuladas elecciones y, a cambio, le dejaban controlar con total impunidad su “área de influencia” al más puro estilo mafioso.

El modelo, en general, creó una asombrosa estabilidad social reconociéndose con su aplicación que el pueblo español requería algún tipo de jerarquía que lo articulara desde arriba. El propio Miguel de Unamuno llegó a decir: “desgraciado aquel pueblo que no tenga cacique”. El caciquismo era un modelo injusto, arbitrario y tercermundista pero, al menos, los “señoritos” vertebraron la sociedad civil logrando asentar un modelo económico corrupto y muy rentable para ellos de cuyas estructuras, por increíble que parezca, aún no se han librado muchos pueblos (ahora lo que hacen es camuflarse de demócratas y buscar resquicios legislativos para poder seguir con “el modelo”

CAPÍTULO X: …VIENEN ESTOS BARROS

Con tanta bombita y político interino era de esperar la aparición de algún iluminado autoconvencido de que él solito podía solucionar los problemas del país con los métodos que le diera la gana. Y apareció un tal Miguel Primo de Rivera dispuesto a “poner un poco de orden” dando un golpe de Estado el 13 de septiembre de 1923 con el beneplácito de Alfonso XIII.

El muchacho suspende la Constitución con tan sólo la entrega de una breve nota de prensa a los periodistas a las 5:45 de ese histórico día y sin pegar un solo tiro, que ya tiene mérito en este país…“El capitán general de Cataluña, en la noche pasada, ha declarado por sí el estado de guerra en aquella región, se ha incautado de las comunicaciones y se ha dirigido a las de otras regiones, invitándoles a secundar su actitud… …el Ejército, pide al Rey, para salvar a la patria, la separación de los actuales ministerios y de los políticos de la gobernación del Estado”

Este ilustre personaje de la España cañí encarna la figura del “cirujano de hierro”, y, por supuesto, donde con más saña actuó fue en Barcelona, refugio de izquierdosos. Allí el gobernador civil de turno, un tal Milans del Bosch, llegó a destituir la directiva del Col·legi d’Advocats, y a cerrar el estadio del F.C.Barcelona y l’Orfeó Català por “catalanistas”. La dictadura dejaba clara su posición ideológica en varias circulares (de las que todavía muchos, a buen seguro, estarán de acuerdo)…

“La madre debe enseñar a rezar a sus hijos en catalán, eso lo admite el Directorio. Pero, en cambio, el maestro viene obligado a enseñar a sus alumnos en castellano… Si se ha prohibido que ondee la bandera catalana en porque ella servía para ofender la bandera de la patria. Si se ha prohibido a Cataluña “La Santa Espina”, era porque con ella se agredía el sentimiento castellano. El castellano… ha de ser la obligatoria base de formación espiritual y ciudadana”

En educación la represión fue bestial. Se suprimieron las cátedras de lengua y literatura catalanas en las universidades y se desterraron a todos aquellos profesores que usaran el catalán. El gobernador civil de Girona, el general Juan de Urquía, afirmaba “…una de dos, o todos los maestros sin excepción enseñan en correcto castellano con inquebrantable tesón patriótico o propondré al Directorio Militar, que puede hacerlo, emplee sus facultades insuperables, con estatutos o sin ellos, y traslade en masa a los incorregibles, sustituyéndoles inmediatamente por maestros castellanos. Y no hay otra solución. No puede haberla, más radical ni más eficaz”.

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