El Yo frente al grupo

Mucha gente “se construye” contra sí mismo.

Convierte su existencia en una lucha enfermiza contra lo-que-es haciendo, de esa oposición, un estilo de vida del cual ya le resulta muy difícil sustraerse.

Hay muchas formas de negar/ocultarse a uno mismo su propia realidad psicológica. Una es la creación de identidades que puedan diluirse bien en el grupo para evitar tensiones innecesarias con el colectivo en el que se vive; y, otra, es mantener la mente ocupada las veinticuatro horas del día en artificios que le impidan “estar solos” consigo mismo alguna vez.

En ambos casos las contradicciones entre el sujeto y el objeto en lo que se convierte acaba creando patologías y somatizaciones (mentales y físicas) muy difíciles de resolver una vez son aceptadas y forman parte del individuo. Aparece el enfermo crónico.

El individuo se acaba identificando con los “elementos evasores” sacrificando su yo para pasar a formar parte de un ente colectivo superior (llámese equipo, país, profesión o hobbie). Eso le permite estar “en otro sitio antes que con uno mismo”, ser otro y vivir, como propios, los éxitos y/o fracasos de un grupo al cual se debe.

En este contexto siempre se habla “con otro de lo otro” antes que hablarse a uno de sí mismo… por los no pocos episodios de crisis existencial que podría ocasionar descubrir sus carencias.

Desmontar esta falsa identidad del yo es complicada en la medida en que el sistema social sabe aprovecharse de esa ausencia de recursos mentales propios para perpetuar una dependencia de consumo irracional de objetos y situaciones. Y aquí hablamos tanto de empresas obsesionadas con vender objetos, que tanto el vendedor como el comprador “saben” que no sirven para nada, como países interesados en continuar “siendo” basándose en dogmas que no soportarían una revisión objetiva de su creación.

El individuo, una vez acaba construido contra sí mismo y su propio cuerpo en un contexto intelectual donde no se favorece el revisionismo ni la autocrítica (hasta la Educación está diseñada contra el propio sujeto que la recibe), le resulta muy difícil sustraerse de esa identidad sobrevenida aunque pueda percibirse la vacuidad de su existencia a través de toda una sintomatología somatizante atemperada con placebos, cuya dependencia se hace más llevadera que la revisión de las causas de su consumo.

El individuo “goza” de su enfermedad mental porque es una enfermedad colectiva aceptada por todos y porque, además, el grupo “tiene la solución”.

Si no quiere, no le interesa o no puede/sabe entrar en una revisión dialéctica de su propia existencia, creada al albur del grupo, solo le queda diluirse en él y tirar hacia adelante sin saber muy bien dónde va… pero con “lealtad”.

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