El eterno bucle catalán en la Historia

1500
Isabel La Católica, en su testamento abierto en 1504, lo dejaba muy clarito:
“Por quanto las Islas e Tierra Firme del Mar Océano e Islas de Canarias fueron descubiertas e conquistadas a costa de estos mis Reynos e con los naturales de ellos y por esto es razón que el trato e provecho dellas se haga e trate e negocie destos mis reinos de Castilla y León, y en ellos y a ellos venga todo lo que dellas se trajere, por ende ordeno y mando que así se cumpla, assi en las que fasta aquí son descubiertas como en las que se descubrieren de aquí adelante en otra parte alguna…”
Por mucho que las gentes de la Corona de Aragón hubieran colaborado en la conquista de América Isabel lo tenía muy claro:
“…[las Indias] han de quedar incorporadas a estos mis Reynos de Castilla y León”
A los aragoneses ni agua aunque su marido (Fernando) lo fuera.

1600
Cien años más tarde, en 1603, y cuando ya el Reino de Castilla se encontraba lo suficientemente asentado y enriquecido por el oro de las américas Felipe III puso en marcha el primer intento por absorber la Corona de Aragón e integrarlo, definitivamente, a las leyes castellanas.
El obispo de Vic y el virrey duque de Monteleón le propusieron cómo hacerlo:
“…si el rey envía tropas para ocupar el país le apoyarán para establecer el orden en Cataluña, como en Castilla y eliminar las perversas leyes y costumbres que lo impiden”.
Y Felipe III mandó al duque de Alburquerque, un auténtico animal convencido de que había que “poner en galeras todo el principado” porque lo que había en Barcelona no era liberal sino “exceso licencioso”.
Los locales, que tenían el control de la Diputació, intentaron ofrecer un amago de resistencia pero el duque se los ventiló por la vía rápida: detuvo y ejecutó a todo el que pilló a su paso. Arreglado el “caso catalán” Felipe III ordenó el pago de impuestos a la mayor parte de ciudades catalanas con cargo a la Corona de Castilla apelando al “derecho de conquista” tan socorrido en aquella época de luchas entre pueblos.
Sin embargo, la cosa no acabó de cuajar y su sucesor, Felipe IV, volvió a sentirse en la necesidad de abordar de nuevo el caso catalán como ya hiciera su padre.
Para ello contó con la inestimable ayuda del conde duque de Olivares quien, en una carta dirigida al rey, le propuso cómo abordar a los dichosos catalanes:
“…el tercer camino, aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería, hallandose V.M. con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino… …y hacer que se ocasione algun tumulto popular grande y con este pretexto meter la gente y con ocasión de sosiego general y prevención… …como por nueva conquista, asentar las leyes en la conformidad de Castilla”.
A Olivares no le gustaba nada ni la que él consideraba “insolidaridad” catalana despotricando de los dichosos fueros con que contaban. Él fue el mentor de la famosa frase “Si las Constituciones embarazan, que se lleve el diablo las Constituciones”. Su objetivo lo tenía claro: debía “reducir estos reinos al estilo y leyes de Castilla”.
Y así fue cómo Felipe IV convirtió el territorio catalán en escenario de algunas batallitas contra Francia para ver si, así, los catalanes veían la utilidad de integrarse al Reino de Castilla.
En 1637 se produjo la primera escaramuza en el Languedoc y, para mosqueo de Olivares, los catalanes se negaron a suministrarle ningún tipo de ayuda.
Y Olivares reventó en 1640. Según una carta que dirigió al padre Coloma el 29 de febrero de ese año “…a los catalanes han menester ver más mundo que Cataluña” procediendo a encarcelar a todos los miembros de la conflictiva Diputació.
Ante semejante ataque contra las instituciones locales los catalanes decidieron pasar a la acción… pero contra el Imperio.
Miles de segadors de Gerona se liaron a hostias con los tercios castellanos acampados por la zona, los jueces nombrados por el monarca fueron perseguidos con saña, saquearon las propiedades de todos los ricos (fueran o no castellanos) y se cargaron al virrey cuando intentaba salir por patas de Barcelona.
Habían declarado de forma suicida la guerra a la temible España sin contar con el apoyo estratégico de nadie.
Así que Pau Claris, cura de la Seu d’Urgell y miembro de la Diputació, inició rápidamente conversaciones con la Francia de Richelieu para pedirles ayuda. Pero Francia les ayudó mientras les interesaba. En cuanto el Estado francés se centró en otras prioridades políticas abandonó Cataluña a su suerte teniendo ésta que firmar la rendición el 13 de octubre de 1652 y aceptar el virreinato de don Juan de Austria, uno de los tantos hijos bastardos que tuvo el monarca por pegarse revolcones con “la Calderona” (María Calderón), famosa actriz española de la época.
Cuando Felipe IV la palmó el 17 de septiembre de 1665 parecía que el caso catalán estaba, por fin, resuelto. Al menos hubo un periodo de silencio técnico.
Pero Felipe V, ya Borbón, se negó a aceptar eso de los “estados federales”, donde cada región iba por su lado y pusieron en marcha un proceso de centralización administrativa que denominó la “Nueva Planta”.
La respuesta catalana no se hizo esperar: propusieron un enfrentamiento directo contra la monarquía instaurada en Madrid. Pero tras una espectacular guerra europea donde se mezclaron intereses contrapuestos de las monarquías se firmó la Paz de Utrecht donde las potencias “entregaron” Catalunya a la monarquía española por considerarse un asunto interno junto a las colonias americanas.
La endémica, y al parecer, genética ingenuidad catalana les hizo continuar por su cuenta la guerra contra Felipe V pero no soportaron acantonados (sin ayuda de nadie) más de un año.

1700
Tras la derrota la presión impositiva de Madrid sobre la Corona de Aragón rozó la asfixia hasta tal punto que, hacia 1732, ya había pensadores como Miguel Zabala y Auñón (Miscelánea económico-política) que entendían de la necesidad de una reducción sobre sus ciudadanos para no castigarlos en exceso.
Lo que no bajó, sino que aumentó, fue la represión del idioma catalán. En el artículo 4 del Decreto de Nueva Planta dejaba bien clarito que debía desaparecer de las administraciones: “…las causas de la Audiencia se substanciarán en lengua castellana”. Más adelante, con la Real Cédula de Aranjuez de 1768, se dictarán las normas definitivas para sacar al catalán de las instituciones.
Para entender esa manía anti-castellana que tenían los lugareños quizás habría que ponerse en su piel y ver cómo, insistentemente, aparecían reales cédulas como esta de 1768 donde se ordenaba que, en Cataluña, “…la enseñanza de primeras letras, latinidad y retórica se hagan en lengua castellana… …cuidando de su cumplimiento las audiencias y justicias respectivas”.
En 1783, por ejemplo, se ordenaba a todos los gobernadores militares de las provincias catalanas “acabar el lenguaje del país”.
En cualquier caso el rey desempolvaba el viejo “derecho de conquista” por el cual podía actuar como le viniera en gana sobre cualquier pueblo que “faltando enteramente al juramento de fidelidad que me hicieron como a su legítimo rey y señor” se rebelaran contra él. Liquidó las famosas diputaciones (otra vez), la Generalitat, todas las audiencias forales, la administración fiscal autóctona e impuso, para compensar, unas autoritarias Capitanías Generales encargándole a un militar toda la jurisdicción política y administrativa.

1800
Durante el posterior reinado del pusilánime (flojillo) Carlos IV, la ocupación francesa y los sangrientos reinados de Fernando VII (el “Príncipe Borrón”, según Espronceda) los catalanes mantuvieron un discreto anonimato mientras ya España pasaba a ser un país secundario en el contexto internacional.
El propio Congreso de Viena ya consideraba a España como país con una orgullosa corte secundaria y tercermundista. Un perplejo Wellington llegó a decir que “España actúa como si Europa estuviera a sus pies” cuando realmente estaba siendo continuamente ninguneada por las potencias europeas.
Sin embargo, “el caso catalán” volvió a hacer acto de presencia.
En esta ocasión gobernando el país el general Espartero (duque de la Victoria y conde de Luchana) a principios del siglo XIX… cuando los catalanes se organizaron en juntas revolucionarias, idénticas a las que pusieron en marcha para luchar contra los franceses, pero esta vez con la pretensión de independizarse de Madrid.
Y Espartero no lo dudó, solicitó permiso al Congreso de Diputados para bombardear Barcelona. Seoane, otro general dijo que Catalunya debía ser gobernada “con la vara”. Según el muchacho “la rica Barcelona no puede negarse a pagar lo que paga una aldea miserable”.
Destrozada Barcelona Jaume Balmes, con las manos todavía en la cabeza, pidió tanto a Madrid como a Barcelona que los cambios que fuera necesario se hicieran “de forma pausada y tranquila”…
“Estoy persuadido de que dentro de dos siglos la sociedad habrá cambiado hasta un punto de que nosotros apenas nos formamos idea; pero insisto en la conveniencia, en la necesidad de no precipitar nada. Si se quiere hacer en breve tiempo lo que ha de ser efecto de una elaboración lenta de las ideas, los sentimientos y los hechos, el resultado infalible será provocar un cataclismo que, lejos de avanzar la solución, la retrasará considerablemente”
Estas juntas revolucionarias las reactivaron durante los alzamientos de 1868 en todo el territorio nacional colaborando en el triunfo del general Prim.

1900
Y otros cien años más tarde aparece el último intento secesionista catalán.
Fue en octubre de 1934 cuando la cosa volvió a desmadrarse para alegría de tanta hormona ávida de pelea.
La izquierda organiza una macromovida políticosindical en todo el Estado español si bien sólo en Cataluña, por su eterno independentismo latente, y en Asturias, donde los anarquistas apoyan la insurrección popular armada, la cosa toma forma de “Revolución”.
El acojone es de tal calibre que el Gobierno nacional de Gil Robles se fue corriendo a la Legión, por aquél entonces dirigida por Millán Astray y Francisco Franco, para ordenarles que se largaran a Asturias a sofocar la rebelión “como fuera”.
El “tito Paco”, un africanista, enano y cabezón curtido ya en mil batallas, se llevó para el Norte a sus amigotes (los tenientes generales Yagüe y López Ochoa, el comandante de la Guardia Civil, Ochoa, el almirante Bastarreche…) dispuesto a pasarse por la piedra a todo rojo que se le pusiera por delante.
Y así fue cómo, metódicamente, fue liquidando todos los focos insurrectos asturianos uno a uno hasta que el presidente del comité revolucionario, Bernardino Tomás, se vio obligado a capitular dejando aquella famosa frase de “al proletariado se le puede derrotar pero jamás vencer”, poco antes de ser derrotado y vencido por las tropas dirigidas por Cerillito.
Se realizaron más de treinta mil detenciones y un exhaustivo saneamiento de las corporaciones municipales sustituyendo todos los equipos de gobierno izquierdosos por otros “de derechas” (como Dios mandaba) con el beneplácito del Gobierno republicano de Lerroux.
Mientras tanto, en Cataluña, a su presidente Lluís Companys se le había ido la olla definitivamente proclamando la independencia catalana el 6 de octubre a las ocho de la tarde en un breve comunicado que aparece en la foto…
“Excmo. Señor [dirigiéndose al General de Cataluña, Doménech Batet]:
Como Presidente del Gobierno de Cataluña, requiero a V.E. que… …se ponga a mis órdenes para servir a la República Federal que acabo de proclamar Lluís Companys. Palau de la Generalitat, 6 de octubre de 1934”
que obligaba a don Alejandro a decretar el estado de guerra…
“En Cataluña, el Presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá.
Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país”.
Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, 7 de octubre de 1934.
Realmente, y tal como se desarrollaron las cosas por el desequilibrio de fuerzas enfrentadas, hasta incluso sobraba tanta palabrería… Esta independencia duró exactamente un día.
La madrugada del día siguiente se rendían los pocos mossos d’esquadra que permanecían atrincherados en el Palau de la Generalitat (dirigidos por el comandante Pérez i Farràs) ordenando, Companys, la rendición incondicional en vista del escaso éxito de los levantamientos armados en el resto de Cataluña.
El precio pagado por los catalanes era de prever:
• Cadena perpetua a todos los instigadores de la secesión
• Detención de centenares de militantes y dirigentes de izquierdas
• Clausura de los partidos políticos
• Suspensión de todos los periódicos
• Anulación, por la vía rápida, de l’Estatut de Catalunya sustituyéndose por un estado de excepción”

2000
El bucle histórico continúa.

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