Cerrando el Gran Ciclo

Llegar a vivir medio siglo en este planeta “con forma humana” no es estadísticamente fácil si usamos como referencia al global de la población, siete mil millones, de los cuales sólo una décima parte puede disfrutar de los requisitos necesarios para que la esperanza de vida supere esa edad.

Es una edad biológicamente crítica. Los estudios científicos ya han demostrado que las estructuras físicas de los humanos están diseñadas, en origen, para llegar a esa horquilla de cuarenta-cincuenta años. Lo demás, es un regalo que la calidad de vida ofrece a aquellos humanos que vivan en entornos sociales que han favorecido mejoras médicas, alimenticias y laborales con el devenir de los siglos como cultura.

Si tienes la suerte de haber acabado viviendo en estos pequeños y privilegiados territorios donde los humanos se han garantizado unos servicios mínimos la probabilidad de vivir más tiempo se amplía a, como mucho, veinte o treinta años más.

Tampoco es mucho.

Pero es un tercio más de existencia en el planeta. Un tercio no programado genética ni biológicamente. Un tercio de regalo fruto de la coexistencia social, como les sucede probablemente a las comunidades de hormigas u ovejas: en sociedad viven más.

Por lo tanto, si es un periodo no programado ni previsto “en origen” uno entra en él con incertidumbre biológica pero con la certeza intelectual de enfrentarse a esta etapa con patrones de adaptación necesariamente ya concluidos con anterioridad.

Los cincuenta es una edad proclive al cierre intelectual del gran ciclo existencial que ha sido la vida de cada cual.

Aunque estas insignificantes décadas, si las ubicamos en el contexto cósmico, da vértigo: vivimos en un mediocre país, en un planeta medio dando vueltas alrededor de una estrella mediana, en una esquina de una vulgar galaxia y perdidos en un cúmulo interestelar difícil de situar en un indeterminado momento espaciotemporal del Cosmos.

El varapalo al ego personal de cada cual y a la importancia que uno se dé en esa realidad es impresionante.

Escapa a nuestra comprensión el hipotético papel que tiene nuestra personal presencia en el Universo. Hemos de aceptar que nuestra no-existencia tendría la misma trascendencia en el devenir evolutivo del Cosmos que nuestra existencia: ninguna.

Ni siquiera podemos admitir la importancia de nuestra presencia en esta civilización forjada tras cinco mil años de evolución desde el Neolítico a ahora. La Humanidad, España, la ciudad donde vivo y las empresas donde he trabajado podrían vivir sin mí.

No hay absolutamente ningún dato que me permita afirmar que sin mí la cosa iría peor o mejor. Mi huella, mi rastro vital no altera los grandes números del Cosmos.

Es más, aun dándome la importancia que pueda atribuirse ser el portador de la carga genética de mi propio árbol genealógico familiar, heredada de mis antepasados, en el contexto de la cultura occidental es una información perfectamente prescindible.

Y no digamos en el contexto de la Humanidad.

Pero que mi paso por este planeta sea intrascendente no quiere decir que uno, en su propio devenir, no se dé importancia a sí mismo.

Y los humanos, cuando llevamos cincuenta años observándonos y analizando nuestro propio comportamiento observamos que existe una tendencia a repetir estructuras y patrones.

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