Catalunya contra el Imperio

Parece que Pui ha concedido a Mariano I (alias “Yosoylaley”) un plazo para que negocie una reforma de la Constitución de 1978 (aunque yo prefiero llamarla Carta Otorgada) con el beneplácito de Pedro Sánchez “El Desnortado” a cambio de no aplicar, de momento, el 155.

Pero dudo mucho que el Imperio acepte las modificaciones que los catalanes quieren. A saber: que desaparezca eso de que España es indivisible y contemple la posibilidad que naciones reconocidas en el interior del Estado español (básicamente Catalunya y Euskadi) puedan decidir en referéndum su pertenencia o no al Imperio.

Probablemente Mariano I y el gran beneficiado de la redacción de la Carta Otorgada, Felipe VI “El Agradecido”, no puedan aceptar semejante afrenta contra el espíritu franquista de la Una, Grande y Libre (tan hábilmente colado en la Constitución metiendo al Ejército como garante de la frasecita), dado el potente sustrato sociológico nacionalcatólico que aún persiste en la sociedad española y, probablemente, las negociaciones para la reforma constitucional se atasquen a las primeras de cambio.

Será entonces el momento de mover ficha en esta compleja partida de ajedrez en las filas catalanas anunciando la Declaración Unilateral de Independencia.

Este movimiento situará a Mariano I en la obligación de articular una respuesta que no desea: aplicará el famoso 155 y detendrá a los cabecillas de la insolente revuelta popular Puigdemont, Junqueres, Forcadell, Trapero y los líderes de Omnium Cultural y la ANC.

Si lo hacen obtendrán tan solo una victoria momentánea destinada a tranquilizar a sus súbditos más patriotas (los de las banderitas en los balcones) pero será el principio del fin del Imperio en su concepción post-franquista actual.

Si hay detenidos los independentistas catalanes habrán “mandelizado” la situación.

Pasar por la cárcel no solo lo tienen previsto sino que no va a dañar al movimiento secesionista y reforzará la imagen de líderes de toda una nación, en lucha civilizada y sin derramamiento de sangre (que es lo que más le fastidia a Mariano I, que no haya kale borroka o que Terra Lluire no se reconstituya), mientras que veremos cómo Europa empezará a plantear en Estrasburgo la necesidad de autorizar el derecho de autodeterminación de los pueblos en el seno del Viejo Continente aun aceptando que, tras los catalanes, vendrán los vascos, corsos, irlandeses, bretones…

Europa cometió el error de aceptar en 1986 un Estado con una Constitución manipulada en la confianza de que los españoles, calzonazos como ellos solos e históricamente acostumbrados al “señorito” que decide por ellos (“Los Santos Inocentes”, de Mario Camus), nunca llegarían a quejarse “por la modélica transición que supuso como instrumento de paso de una dictadura a una democracia”.

Pero los catalanes, siempre tan porculeros, exigen ahora y tras una enorme cantidad de agravios contra su pueblo, que la Constitución se rediseñe desde abajo y sin saltarse ningún paso.

Las manifestaciones multitudinarias del pueblo catalán exigiendo la libertad de los nuevos presos políticos (por mucho que intenten vender a la opinión pública que son delincuentes) no hará más que colocar al Imperio entre la espada y la pared.

Y que nadie piense que unas nuevas elecciones solucionará el problema. Al contrario, reforzará las posturas.

Si son en España reforzará el post-franquismo encarnado en el corrupto PP con más votos, “caralsoles” y banderitas (los socialistas ya se han hecho el harakiri y los perroflautas tienen su techo sociológico en un país donde los movimientos de base llevan cercenados ochenta años) y, si se convocan elecciones en Catalunya, saldrá reforzado el movimiento independentista aunque intenten ilegalizarlo o sigan en la cárcel los mártires del procés.

Interesante etapa la que me ha tocado vivir.

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